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Tinto Brass - Culo veo, culo quiero
Por Rubén Lardín
AVISO: EL CONTENIDO DE LA SECCIÓN «ZONA ERÓTICA» ES DE NATURALEZA EXPLÍCITA. SU ACCESO ESTÁ PROHIBIDO A MENORES DE 18 AÑOS.
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Tinto Brass, que fuera uno de los estandartes del cine erótico de los años ochenta, ha logrado llamar la atención de «la actualidad» con el anuncio de que pretende rodar marranadas en 3D. «Planeo recuperar un proyecto abandonado sobre un emperador romano, un viejo proyecto que los americanos se cargaron».
Aunque su filmografía perdió ímpetu hace tiempo y han corrido más de diez años desde la última vez que vimos aquí una película suya en pantalla grande (Monella, en 1998), este fumador de puros no ha dejado de dar guerra con títulos destinados al consumo doméstico, pequeñas fantasías de mirón con las que ha alborotado la entrepierna de erotómanos más o menos refinados. Un cachondo.
DE LA INTELECTUALIDAD AL PORNO-NAZI
Giovanni -Tinto- Brass (Milán, 1933) vivió su juventud entre Italia y Francia, donde trabajó en la Cinemateca de París, y a finales de los años cincuenta ya estaba integrado en la industria como ayudante de dirección en películas de Alberto Cavalcanti o Roberto Rossellini. Su virgo como director lo perdió tentando palos tan dispares como la comedia, el documental, algún atractivo drama criminal como Con el corazón en la garganta (1967) y hasta un spaghetti western, titulado El yankee (1966), para los hermanos Balcázar.
Tras un parón en que se dedicó al teatro, le llegaría el melocotonazo con Salon Kitty (1976), la historia de un burdel donde se pretende sustituir a las prostitutas polacas por señoritas arias adeptas a los postulados del Führer. La película supuso un escándalo considerable tanto por su atrevimiento erótico como por su frivolidad al servirse de la iconografía fascista, y su éxito, además de disparar la carrera del director, daría paso a docenas de exploitations que irían engrosando el llamado porno-nazi, uno de los subgéneros más abyectos de la historia del cine.
(Ver secuencia de Salon Kitty - Solo para adultos)
CINE DE RETAGUARDIA
Pese a sus perversiones, el cine de Brass suele ser de un erotismo siempre irónico y tirando a saludable, más preocupado por lo plástico que por lo narrativo y reconocible en su obsesión con el voyeurismo, patente en títulos como La llave secreta (1983), que adaptaba un relato del japonés Junichiro Tanizaki, o más abiertamente en El hombre que mira (1994), sobre la novela de Alberto Moravia. Esos «hombres que miran» en sus películas suelen atender a mujeres voluptuosas, señoras deliciosamente rellenitas como Deborah Caprioglio (Los burdeles de Paprika), Francesca Dellera (Amor y pasión) o Serena Grandi (Miranda). Hembras todas que infringen cualquier canon cicatero y celebran la vida en sus curvas. Y la fijación a la hora del plano corto será siempre el trasero, los culos. La esfericidad de los culos, su consistencia, la tensión gravitatoria y las posibilidades de brega. Los culos como discurso. Si Russ Meyer se ocupó de la pechuga como no lo hizo nadie, el muslamen vendría a ser patrimonio de Tinto Brass.
Hay que apuntar que, aunque ha orillado -y allanado- muchas veces la pornografía, para entendernos deberíamos definir el cine de Brass como erótico o softcore, ya que en su mayor parte muestra actos sexuales simulados y no abunda en los planos genitales. Pero él discrepa: «Diferenciar erotismo de pornografía no es más que una convención. Cualquier película, o pintura o libro o lo que sea, cualquier obra de arte, será pornografía desde el momento en que describa una relación sexual. Etiquetar en base a la calidad del lenguaje expresivo de que se sirva la obra es un recurso muy cómodo para los medios, pero no implica ninguna lectura moral». Y es desde ese posicionamiento que el hombre logró cierta normalización para con el cine erótico antes de que Lars von Trier o Catherine Breillat integrasen el sexo en sus producciones. «Me siento, definitivamente, un precursor. Llevo haciendo esas películas desde mucho antes de que se contemplase la nobleza del sexo como tema cinematográfico, desde antes de que se hablase de su dignidad cultural».
CALIGULA TRIDIMENSIONAL
Hoy no hace falta devanarse mucho los sesos para caer en la cuenta de que el cineasta se está refiriendo a Calígula cuando habla de hacer una película en 3D sobre ese proyecto «que los americanos se cargaron».
Brass dirigió Calígula en 1979 bajo el amparo de la revista Penthouse. La historia era la de Cayo, conocido como Calígula, nieto adoptivo de Tiberio que asciende a Emperador con malas artes y desde allí la lía parda dando rienda suelta a su demencia criminal. Entre otras cosas se proclama Dios, nombra senador a su caballo y manda construir un burdel gigantesco para equilibrar el presupuesto del Estado.
El guión lo firmaba Gore Vidal y el reparto incluía nombres de ilustres como Malcolm McDowell, John Gielgud o Peter O’Toole. La idea de Penthouse era atribuirse la primera película mainstream con contenido explícito, pero un aparato de producción mal andamiado y los múltiples desencuentros entre el equipo hicieron del rodaje, que duró más de dos años y multiplicó por cuatro el presupuesto previsto, un sindiós absoluto. El productor Bob Guccione partió peras con Brass y lo despidió durante la etapa de posproducción. Él mismo se ocuparía en rodar más metraje hardcore con un puñado de modelos de su revista. El resultado sería un espectáculo casi operístico de gore, sexo y delirio que, siquiera por escenas aisladas, implicó la inmortalidad de la película.
El anuncio de volver a ese material, ahora en 3D, suena a llamada de atención más que a proyecto factible, pero saber que, a sus 76 años, el gordo milanés sigue con ganas de jaleíto no deja de ser motivo de celebración. A ver si hay suerte.
AVISO: EL CONTENIDO DE LA SECCIÓN «ZONA ERÓTICA» ES DE NATURALEZA EXPLÍCITA. SU ACCESO ESTÁ PROHIBIDO A MENORES DE 18 AÑOS.
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