Inspirada en una novela del escritor uruguayo Hugo Burel, El corredor nocturno pasa por una nueva revisión del...

Cormac McCarthy: Prestigio y best-seller
Por Pablo Muñoz
Cormac McCarthy está en su momento cumbre: su reputación como autor no decae y sus más recientes adaptaciones fílmicas, como la oscarizada No es país para viejos, no podían gozar de mayor fama. La última que nos llega es La Carretera, que adapta su última novela, uno de esos casos rarísimos en los que crítica y público se ponen de acuerdo y generan una carrera meteórica que no parece terminar todavía.
PRESTIGIO Y BEST SELLER
La novela ganó el prestigioso Premio Pullitzer de Ficción y situó a McCarthy en una lista prestigiosa que incluye a maestros de las letras norteamericanas como Ernest Hemingway, William Faulkner o Philip Roth. Pero su éxito no se limita a un reconocimiento nacional y prestigioso, sino a una combinación singular de éxito de público y crítica que pocas veces se ve. La aparición de Cormac McCarthy en el programa de Oprah Winfrey fue el síntoma de que algo estaba cambiando: por una parte, un autor reacio a las entrevistas que no sean impresas como él, apareció por vez primera en un programa de máxima audiencia. Por otra parte, el Club de Libros que organiza la presentadora es uno de los más importantes y populares en el negocio editorial de Estados Unidos. El último paso no fue ser best-seller (duradero) en la lista del New York Times, sino que la popular Entertaiment Weekly escogiera el libro como el mejor de los últimos 25 años.
OBJETO DE CULTO
Menos Todos los caballos bellos (2000) la primera y fallida adaptación del universo McCarthy, nuestro autor es, qué duda cabe, objeto de culto entre cineastas. Su obra más disputada es, sin duda, Meridiano de Sangre, un brutal recuento de la vida fronteriza en el Oeste norteamericano protagonizado por el Juez Holden, una encarnación del Mal pura y sobrenatural. Proyecto ansiado de Ridley Scott (Blade Runner, Gladiator), al final ha sido el indie Todd Field (En la habitación) el que se hará cargo de una adaptación que promete nuevas dosis de McCarthy en 2011.
Pero en 2007 todo cambió: los hermanos Coen, venidos del limbo de un díptico comercial (Crueldad Intolerable y Ladykillers) considerado el punto más bajo de su carrera, llevaron al cine No es país para viejos, entendida como el divertimento de McCarthy. Lo hicieron de un modo literal, pero a la vez abstracto, rescatando el western, el género clásico (y muerto) por excelencia del cine americano, para vaciarlo de héroes y indios y dejarlo…en el desierto. El Oscar logrado por Javier Bardem por su icónica composición de Chigurgh (al que borraron las irónicas cuñas publicitarias que recitaba a las víctimas antes de ejecutarlas, otorgándole un silencio todavía más inquietante) y la sensación de que sólo los autores de Fargo y El Gran Lebowski podían comprender esemundo nihilista y simbólico dejaron el listón de las adaptaciones de McCarthy muy alto.
Para La carretera, John Hillcoat parecía una opción no adecuada, sino milagrosa: su primera película era la todavía inédita The Proposition (2005), un árido y violento western en el que el guión procede de un icono musical oscuro como Nick Cave (recuerden su Murder Ballads, todo canciones dedicadas a psycho killers) y en la que un profético monólogo de John Hurt parecía sacado de cualquier obra del mismo McCarthy. De hecho, en la película aparece un irreconocible Robert Duvall interpretando al viejo que dará pistas extrañas y premonitorias a sus dos protagonistas y es un terreno que remite tanto a la obra original como a la primera película de su director.
Pero habrá, todavía, más adaptaciones del autor de La carretera, esta vez para la pequeña pantalla: Tommy Lee Jones, el mismo sheriff Bell de No es país… está dirigiendo The Sunset Limited, una adaptación de una obra teatral de carácter axfisiante y marcada alegoría racial con vistas de estrenarla este año.
CUESTIÓN DE GÉNERO
Uno de los secretos del éxito de la novela El camino está en su condición de aventura post-apocalíptica. Se trata de un género productivo desde el siglo pasado, aunque su primer ejemplo nos llega del siglo XIX con El último hombre de Mary Shelley, famosísima por su Frankenstein. En el libro se sientan las bases del género: un hombre se despierta en un mundo devastado y trata de descubrir lo que queda tras la destrucción del mundo establecido. Pero también inaugura una pequeña rama de este género: el Apocalipsis pandémico que seguirá con clásicos como La tierra permanece (1949) de George R. Stewart, en la que se nos describe la reconstrucción y supervivencia a través de una saga familiar, la ahora muy famosa Soy leyenda (1951) de Richard Matheson, en la que el vampirismo es el objeto de investigación de su protagonista, o el Apocalipsis (1989) de Stephen King, uno de los modelos de Lost, en la que los supervivientes de un desastre intentan redimirse de pasados muy turbios.
Pero fue con el nacimiento de las armas nucleares que el género da un vuelco al existir un miedo factible con la invención de instrumentos que tenían capacidad de destrucción, antes mayoritariamente atribuidas a las plagas: Un cántico para San Lebowitz de Walter M. Miller, en la que se nos habla de una Iglesia (Católica) inspirada por un trabajador eléctrico (judío) que sobrevivió al Apocalipsis y cuyos escritos se convirtieron en prueba de su condición de santo, o ejemplos ya más emblemáticos como El planeta de los simios de Pierre Boulle, en la que el mundo postnuclear plantea un interrogante evolutivo en la que los simios dominan y razonan una nueva Tierra. En El camino, el desastre nunca es mencionado, pero su descripción parece la de un mundo arrasado por la bomba atómica: «Había estado en las ruinas calcinadas de una biblioteca donde los libros yacían renegridos en charcos de agua. Los estantes volcados. Rabia contra las mentiras dispuestas en millares de hileras sucesivas. Cogió uno de los libros y pasó las páginas tan hinchadas. Él no hubiera dado valor a la más mínima cosa basada en un mundo futuro».
La fábula se abre con una escena familiar y propia de clásicos del cine setenta como El último hombre vivo (1971), curiosamente una adaptación libre del Soy leyenda mathesoniano: un hombre pasea por una urbe habitada por mortales caníbales. El secreto, como ha comentado Michael Chabon, está en vaciar de espectacularidad esa premisa y reducirla a sentimientos viscerales y connotaciones altamente religiosas, tan accesibles como complejas. En la película, John Hillcoat se ha distanciado de los apocalipsis CGI a gran escala y su película está rodada casi íntegramente en Pennsylvania, concretamente en zonas realmente abandonadas de su enorme autopista. En pocas palabras, para traducir la novela de McCarthy, Hillcoat ha tomado como referencia el naturalismo de Hijos de los Hombres antes que en el Nueva York desolado y a gran escala de Soy Leyenda.
RELATOS BAJO EL FUEGO
No es país para viejos terminaba con el sheriff, encarnado por Tommy Lee Jones, rememorando los relatos orales de su padre junto al fuego. El monólogo que recitaba era idéntico al que cerraba la novela: La carretera empieza justo con ese relato. Un hombre (sin nombre) y su niño emprenden un viaje hacia la Costa en un mundo de tinieblas y con el Fuego como único consuelo para sus historias. La condición anónima de nuestros protagonistas y las referencias, escasas y demoledoras, a un mundo anterior, así como el objetivo (El Mar) adquieren proporciones míticas en la novela. Hillcoat ha dado mayor peso a personajes secundarios de la novela, como la esposa, aquí encarnada en impactantes flashbacks por Charlize Theron, reforzando la idea cercana de una relación difícil entre un hombre y su hijo. El final deja de ser tan literal: el tema de la esperanza se formula a través de la Solidaridad y del Perdón paternal, algo que en la novela tenía menos peso. Se cambian las metáforas por ideas prácticas y resortes argumentales. La decisión es lógica, pero hace que La Carretera, la película, sea un viaje más perturbador de lo habitual, pero en el fondo convencional, antes que un sobresaliente punto y aparte.
Me gusta que traduzcas The Road como El camino porque de eso es de lo que nos habla McCarthy en toda su obra (tanto en esta en particular como en el conjunto de su producción). El apocalipsis que enmarca el viaje no está ubicado en un tiempo concreto, es el apocalipsis del eterno ahora de lo vivo. Su narrativa es metafísica y por eso fue un acierto el mutismo de Bardem en No es país para viejos. Aunque por escribir ficción acude a personajes, no les da tratamiento psicológico sino arquétipico, no nos cuenta una historia sino que crea un mito en el sentido más estricto, son interpretaciones simbólicas de la existencia no biografías, ni tampoco están situadas en un tiempo cronológico sino que su temporalidad está fuera del tiempo. En las novelas de McCarthy y no en las de Julebé es donde se da el mestizaje de ensayo y narración.
Aunque sea atractivo para los cineastas, adaptarle es una tarea difícil porque se corre el peligro de limitarse a poner en escena la acción y olvidar la reflexión filosófica que es la verdadera médula. Y yo considero que Hillcoat lo consigue con nota (aunque no se le pueda dar Matrícula de Honor). Ha conseguido plasmar todas las capas de la novela, pero ha conseguido algo más importante: que ese fondo pueda pasarnos totalmente inadvertido sin que por ello la historia carezca de sentido e interés. Eso es lo que más me gusta, que, sin dejar de ser fiel al aspecto trascendente, haya construido una cinta de acción. Y es que a mí no me gustan esos cineastas que convierten sus películas en sesudos ensayos, puede interesarme El sol del membrillo pero nunca diré que eso sea cine, y menos en estado puro. El cine ha de ser espectáculo por encima de todo y las obras maestras serán aquellas que sin renunciar a ello consigan reflexionar sobre las grandes preguntas que nos acompañarán siempre. Shakaspeare escinificó teatro de corral no obras de arte y ensayo.
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