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Berlín 2010: Regreso a los cincuenta
Por Violeta Kovacsics
Apart Together, la última película del director de La boda de Tuya, uno de los hallazgos de la Berlinale, donde se llevó el Oso de oro, abrió el jueves pasado la veda de un festival de Berlín muy especial, con su sesenta aniversario como principal motivo. Para celebrarlo, nada mejor que dos directores, Roman Polanski y Martin Scorsese, de largo recorrido, que han presentado sendas películas con ecos al cine clásico y furiosas críticas a la historia reciente.
FANTASMAS
La primera edición del festival de Berlín fue en 1951. Shutter Island, presentada fuera de concurso, está ambientada en 1955, en plena Guerra Fría y con la sombra del nazismo y la bomba atómica aun presente. De esa década, Scorsese se fija en la paranoia y el miedo –con la caza de brujas como punta de lanza—, que tan bien reflejó el cine negro de la época, y las traslada a la actualidad –con Guantánamo como reverso de la isla de Shutter—. Teddy –interpretado por un Leonardo Di Caprio que ha pasado por Berlín como la gran estrella del festival—es un policía que llega a una isla convertida en manicomio de alta seguridad dispuesto a investigar la desaparición de una paciente. Traumatizado por las imágenes de la liberación del campo de concentración de Dachau y por la muerte de su esposa, verá como su mente le va jugando malas pasadas. Las alucinaciones de Teddy marcan el ritmo de la película, un filme con el movimiento de una ola, que sube y baja. Shutter Island resulta un filme complejo, que abre la posibilidad a un segundo visionado, que acepta con gusto el exceso y que prescinde de la trampa en una trama que se presta especialmente al engaño. En este sentido, el plano picado de uno de los bastidores del manicomio, con escalinatas de reja metálica que se enredan en si mismas, revela el signo del filme: laberíntico como la mente del personaje, cercado como un manicomio más cercano a una prisión de alta seguridad. Resulta inevitable pensar en Corredor sin retorno (1963) de Samuel Fuller y su furiosa inmersión en un psiquiátrico pero también en la película de otro cineasta rebelde dentro de la horma de la industria de Hollywood: Bigger Than Life (1956) de Nicholas Ray. Como Ray, Scorsese retrata a un hombre y su relación con la locura y lo hace con un uso marcado del color para reflejar sus ilusiones. El arranque de Shutter Island resulta ejemplar. En cierta manera, se trata de la parte más noir de la película. Scorsese plantea una llegada a la isla cargada de misterio, con la cámara adentrándose en travelling al patio del manicomio –un plano que más adelante tendrá su reverso con el de las puertas cerrándose—, con composiciones entre los personajes dentro del cuadro que recuerdan justamente a Ray y con el juego constante del punto de vista del protagonista, que se queda mirando a una de las pacientes.
Teddy se refiere continuamente a los «fantasmas», según él: aquellas personas que han sufrido los experimentos más cruentos de Shutter Island, convertidos en sombras de lo que eran. En The Ghost Writer, de Roman Polanski, el protagonista se refiere a si mismo como un “fantasma”: el escritor encargado de poner en orden, concierto y estilo las memorias del antiguo primer ministro inglés. Polanski firma una película que asimila a la perfección los códigos del suspense. Con una puesta en escena poco marcada pero una atmósfera muy poderosa, The Ghost Writer juega con el tono grisáceo del entorno natural de la casa del primer ministro –interpretado por Pierce Brosnan-, con grandes ventanales que dejan el enrarecido mar de la zona de Cape Cod de fondo. Como en Shutter Island, destaca la secuencia de la llegada del protagonista a la casa: la cámara en un travelling desde el coche, la música acentúa el misterio, el taxímetro corre. Como ya hiciera en El quimérico inquilino en 1976, Polanski reflexiona sobre la identidad. De hecho, el protagonista parece seguir los pasos del Cary Grant de Con la muerte en los talones: poco a poco se va apoderando de los rasgos del “otro” –un espía irreal en el filme de Hitchcock; el escritor fantasma predecesor del protagonista, en el de Polanski-.
A medida que se ve envuelto en acusaciones de haber permitido la tortura a prisioneros durante la guerra en Oriente Próximo, el primer ministro encarnado por Brosnan se erige en un alter ego de Tony Blair. La crítica resulta implacable. Polanski, que no ha podido viajar a Berlín debido al arresto domiciliario tras su detención en Suiza, da rienda suelta a su mordiente. The Ghost Writer combina el suspense con el humor e incluso hace referencia a la reciente detención del director: los asesores del primer ministro le dicen que mejor que se quede en los Estados Unidos, pues en ese país no puede ser extraditado ni juzgado por crímenes contra la humanidad –contrariamente al caso de Polanski-. El director de La semilla del diablo hace así un guiño a su situación similar al que hizo Charles Chaplin en Un rey en Nueva York al poner en boca de su hijo un discurso en torno a la libertad de movimientos, cuando el director vivía ya en el exilio, como Polanski, sin poder volver a Estados Unidos.
LA CUOTA ESPAÑOLA
El fin de semana en que Alejandro Amenábar se juega los Goya por Ágora, el director presenta en Berlín y en calidad de productor una de las tres películas españolas en el certamen germano: El mal ajeno, un intento de trasladar El protegido a nuestras tierras. Eduardo Noriega interpreta a un médico que, tras un incidente en un parking, descubre que tiene el poder de sanar a la gente. Por desgracia, la película queda lejos del universo de M. Night Shyamalan y se acerca, estrepitosamente, al tremendismo y la falta de poderío visual de la serie Hospital central.
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