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'Valerian y la ciudad de los mil planetas' y el cine de Luc Besson

16/08/2017-Reportajes, Directores 'Valerian y la ciudad de los mil planetas' y el cine de Luc Besson
A partir de la novela gráfica de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières, Luc Besson ha realizado Valerian y la ciudad de los mil planetas, ambiciosa película de ciencia ficción con la que Besson sigue mostrando su imaginación para crear mundos e imágenes en una película que presenta momentos magníficos pero que adolece, en general, de asentarse en una base argumental muy débil.

La carrera de Besson comienza a inicios de los ochenta, y pronto, en 1985, con Subway. En busca de Freddy, muestra que se trata de un cineasta esencialmente visual a la hora de construir espacios y contextos a pesar de lo apegado de sus formas a la época. En su siguiente película, El gran azul, cambia de registro argumental, no así de esa búsqueda, en ocasiones artificial y agotadora, de saturar la imagen para subliminarla, vaciádola en ocasiones de todo tipo de significado. En cualquier caso, las dos películas ya mostraban las virtudes y los defectos de un director que abriría su filmografía en los años noventa con un éxito internacional, Nikita, dura de matar, un thriller de acción, que tendría remake norteamericano y series televisivas a partir de su personaje, de gran potencia iconográfica y que crearía un modelo de heroína de acción que recorrerá, con muchas variaciones y otras referencias, las décadas siguientes.



Cuatro años después, en la misma línea de cine de acción, Besson rueda El profesional (León), en la que pone a punto su particular sentido estilístico de la acción, con esa mezcla de arificialidad visual y creación real de imágenes que, con un punto de partida interesante, conduce la película hacia una abstracción de acción que tiene tanto de superficial en su ideario cinematográfico como de cierta hondura a la hora de retratar el drama de los personajes.

Mediada la década de los noventa Besson había demostrado, desde Francia, su adecuación a un cine comercial de raíz norteamericana dentro del cual era capaz de imprimir, guste más o menos, su personal mirada a la hora de construir las imágenes. Lo había hecho mediante películas que, a pesar de su buena producción, parecían productos pequeños, controlables, por lo que faltaba que el director francésdiera el salto hacia una gran producción más ambiciosa. Así, en 1997 rueda una de las películas más populares de la época, El quinto elemento, de buenos réditos de taquilla pero de muy mala recepción crítica. Pasados veinte años, permanece en la memoria a pesar de haber quedado su planteamiento completamente anticuado y de que sus imágenes no acaben de resistir al paso del tiempo. Ahora bien, su apuesta por el desenfreno más absoluto queda patente en un inicio más o menos articulado a nivel narrativo que da paso a un total caos que, por otro parte, es posiblemente lo mejor de la propuesta.



Para finalizar los noventa, Besson, aprovechando el éxito de El quinto elemento, realiza Juana de Arco de Luc Besson: nótese que en el título aparece su nombre, aunque no en el original, lo cual denota la condición del cineasta como autor dentro de los contornos del cine comercial, o, mejor dicho, como el sello de un cine que se entiende, y se vende, como espectacular, pero sin el vacío que suele acompañar a ese tipo de cine, idea más comercial que, en verdad, consecuente con el cine de Besson. En cualquier caso, su retrato de la gran heroína francesa, de dos horas y media de duración, sigue el modelo de las grandes superproducciones épicas. En este sentido, en cuanto a estructuración, es una película muy clásica, sin embargo, la energía visual que imprime el directory su particular creación de imágenes, rompen todo atisbo de convencionalismo a una película tan enérgica como histérica que permanece como una de sus obras más personales; aunque también de las más irregulares.



No vuelve a ponerse tras la cámara hasta 2005, después de años dedicado a la producción, entre otros asuntos, y lo hará con Angel-A, una de las películas más curiosas e interesantes de su filmografía, una película fantástica en blanco y negro en el que Besson parece más conmedido que de costumbre, aunque, para entonces, ha perdido el lugar dentro del cine de su momento, relegado a un segundo plano, fuera de los intereses de la época. Entre 2006 y 2010 rueda su trilogía de animación: Arthur y los Minimoys, Arthur y la venganza de Maltazard y Arthur 3: La guerra de los mundos, para, también en el 2010, volver a la imagen real y recuperar gran parte de su esencia con Adele y el misterio de la momia, adaptación del comic de Jacques Tardi, una de sus mejores películas y con la que logra integrarse en imagen real en la era digital, a pesar de ser un título que no tuvo la repercusión que quizá se esperaba. The Lady, en 2011, supone una suerte de rareza en su filmografía, y aunque resulta sugerente en muchos aspectos, denota cierta distancia con el material como para que las imágenes tengan fuerza. Igualmente, Malavita, vuelta de Besson al thriller con reparto internacional, se queda a medio camino al adaptar una novela de gran éxito en Francia.



Será en 2014 con Lucy, protagonizada por Scarlett Johansson, cuando Besson recupere la atención, regresando al territorio de la ciencia ficción especulativa con una película que tiene su potencia en la creación de las imágenes y en su ritmo, no así en un argumento totalmente enloquecido y que resulta una excusa para la puesta en marcha por parte de Besson de un artefacto visual tan llamativo y potente como, en el fondo, prescindible, pero con el que el director se introduce de lleno en las nuevas formas expresivas de cierto cine digital comercial.



Valerian y la ciudad de los mil planetas podría verse como una suerte de intento por su parte de realizar una película tan impactante para esta época como El quinto elemento. El problema es que todo ha cambiado lo suficiente como para que su nueva película sea, en realidad, una más dentro de la producción actual que, a diferencia de aquella, es posible que en veinte años nadie se acuerde de ella. En cualquier caso, la película es ambiciosa, sugerente y, por momentos, tan fascinante como en otros irritante, Dejando de lado que la trama, en el fondo, parece compleja cuando en realidad tan solo lo es por la sucesión de nombres y paisajes extraños, dado que resulta muy simplista, a pesar del mensaje de fondo, lo que realmente destaca en Valerian y la ciudad de los mil planetas es la desbordante imaginación de Besson para crear imágenes, con algunos pasajes magníficos que, sin embargo, no acaban de dar unión al conjunto, con el aspecto visual y la narración en ocasiones transitando por sendas dispares. Así, queda una película irregular, con grandes ideas y que consigue sacar provecho al 3D como elemento narrativo y espectacular, pero que no termina de poseer la idiosincrasia suficiente como para poder ver en ella una obra lo suficiente diferente con el resto de producciones del mismo corte como para pensar en que será algo más que película de verano de consumo y disfrute inmediato pero sin capacidad para postergarse.

Israel Paredes

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