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'Mudbound', o la búsqueda de Netflix de un cine 'de prestigio'

02/01/2018-Reportajes, V.O.D., Crítica 'Mudbound', o la búsqueda de Netflix de un cine 'de prestigio'
Segundo largometraje de la directora Dee Rees tras Pariah, Mudbound se erige como el intento de Netflix por conformar una producción ‘de prestigio’ con un drama social de época, ambientado en una zona rural de Misisipi durante la Segunda Guerra Mundial y que tiene a dos familias, una negra y otra blanca, como ejes narrativos. El resultado, eso sí, es mediocre, con un aparente buen envoltorio y más pensado para conseguir, al menos intentarlo, premios y ‘prestigio’ que para, en verdad, realizar una película con hechuras artísticas y creativas.

No se puede hablar de superproducción a la hora de referirse a Mudbound, ya que son más que evidentes, en el fondo, las carencias de producción. Pero sí que hay en ella algo que apunta a ver la película de Rees como un intento de emular ciertas grandes producciones de Hollywood, en gran medida para atraer a un público particular, también, y sobre todo, para presentar Mudbound como una película premiable. De hecho, su promoción inicial fue descaradamente conducida hacia ese punto. Aunque, por ejemplo, Garrett Hedlund, Carey Mulligan, o Jason Clarke no son actores que suponga un gran reclamo, su elección también apunta hacia una producción ‘cuidada’, una forma de dignificar la película (aunque da la impresión de que  Netflix se está convirtiendo en contenedor de directores y rostros actores en caída). La elección de los temas, tan buenos como otros cualquieras, posee trazos potentes para mostrar que, a pesar del diseño de producción, estamos ante una cinta con rasgos discursivos serios: el racismo, la condición de la mujeres en el Sur de Estados Unidos, ciertas cuestiones de clase, los veteranos de la guerra y su adecuación a la nueva vida tras su regreso… todo ello, más el contexto espacio-temporal, producen una narración que aspira a un sentido bigger than life que hace de Mudbound un más que claro movimiento para logar esa película prestigiosa que consiga premios –algunos está consiguiendo- y buenas críticas –que también-.



Por supuesto, estamos ante una operación para nada novedosa, pero que surgiendo de Netflix deja claro que busca ir más allá de los contornos de su plataforma, de su consumo, para conseguir un prestigio que, de alguna manera, resulta contradictorio con su naturaleza, como si no fuese capaz de dignificarse por sí misma y deseara hacerlo a través de los conductos comunes y tradicionales. No es la primera vez que pretende competir con las producciones de la industria norteamericana, y, al final, acabará consiguiéndolo, el problema es que, en esta ocasión, lo ha buscado con una película que, no hace mucho tiempo, habría sido una producción más en cualquiera semana de estrenos. Porque Mudbound pretende, en realidad, ser más de lo que en verdad es. O, mejor dicho, de lo que ofrece. Si bien ha conseguido atraer algunas nominaciones a diferentes premios, no ha logrado realmente despertar demasiado interés, quizá porque en el fondo no se ajusta a los gustos y sensibilidades actuales: no aporta, a primera vista, el material suficiente como para integrarse en los vacuos, en general, discursos imperantes. Algo que podría subsanarse si, después de verse, lo planteado mostrase algún tipo de relevancia. Pero no es así.

Desde el comienzo, con varias voces en off narrando y mostrando un falso relato polifónico para ampliar los puntos de vista, queda patente el envoltorio con el que Rees y el resto de responsables han acometido la película. Unas imágenes ampulosas que buscan epatar a primera vista antes que poseer un significado, con una inflación visual que acaba ahogando la película. Porque hay algo en Mudbound de sentido prefabricado que se percibe desde el inicio, como si todos los elementos expuestos anteriormente fuesen mera acumulación a partir de un esquema que se presupone esencial para que la producción posea esa forma, o diseño, preciso. Porque Mudbound no pasa de ser una película en la que el diseño de producción y la afectación de los diferentes discursos acaba devorándolo todo. El problema reside no solo en que se discierne con rapidez la operación, también, y sobre todo, en que se trata una película rutinaria y convencional sin apenas interés, ni fuerza en su dramaturgia ni en sus personajes, que ha tomado prestadas innumerables referencias para poder concebir antes un producto que una película con cierto calado creativo. Es obvia la ausencia de una producción con más alcance, como evidencia las secuencias durante la guerra, de una pobreza lamentable, también en la propia construcción escénica, con planos abigarrados no por búsqueda expresiva sino por necesidad.



Lo interesante de todo lo anterior es que Netflix en búsqueda de ese ‘prestigio’ ha dado forma a una película que carece de las formas reales de ese cine al que quiere alcanzar. Pero también lo es que la intuición es que la idea es precisamente esa, realizar películas que asemejen y que no sean para imponer un tipo de producción que, poco a poco, va instaurándose en el cine, sea o no para exhibición en sala, en el que comienza a verse un auténtico descuido artístico. Una suerte de cine de simulación que si en un primer momento parecía presentarse como una posible alternativa, en los últimos tiempos pone de relieve su deseo de trascender sus contornos e imponer una forma de consumo audiovisual muy preciso en el que cualquier atisbo de creativa empieza a brillar por su ausencia.

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