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Crítica de 'Verónica', de Paco Plaza

24/08/2017-Crítica Crítica de 'Verónica', de Paco Plaza
Paco Plaza ha tardado cinco años, desde REC3: Génesis, en poner en marcha un nuevo proyecto cinematográfico –dejamos de lado la televisión-, y lo ha hecho con una película como Verónica, cuyo aspecto de producción de género en apariencia pequeño, de contornos íntimos, no debería despistar sobre las grandes virtudes de una película que se encuentra entre lo mejor de nuestro reciente cine y que vuelve a demostrar que Plaza, autor de películas como El segundo nombre o Romasanta, debería proliferar más como cineasta.


A partir de un sumario policial sobre unos posibles fenómenos extraños –solo existen dos en España-, o, como poco, con elementos inexplicables, Plaza, a partir del guión de Fernando Navarro, toma el llamado ‘Expediente Vallecas’, en el cual se recogía la muerte de la joven Estefanía Gutiérrez (convertida en la Verónica de la película e interpretada de manera magnífica por Sandra Escacena), quien murió tras jugar con unas amigas a la ouija. Pero Plaza y Navarro han tomado ese punto de arranque para trasladar los hechos reales a la pura ficción, en especial, trabajando el personaje de Verónica. Aunque rodando en escenarios reales, Verónica no es tanto la reconstrucción exacta de esos sucesos, algo por otro lado imposible, como una inmersión en un personaje que resulta extraordinario en su construcción. Pero también, y a su vez, una contextualización del mismo en una época y en un ámbito social que, de manera tanto explícita como implícita, crea un paisaje humano y urbanístico muy particular. Plaza se ocupa de trabajar visualmente lo anterior para que los contornos queden perfectamente dibujados para, así, poder crear a partir de ellos unas imágenes muy realistas de las que surgen un imaginario fantástico, sombrío, triste y melancólico, que es aquel por el que se mueve Verónica y que, a su vez, la define. Una mirada a los años noventa exento de nostalgia a pesar del juego con algunos elementos de entonces que, a su vez, sirven de manera más que ingeniosa en momentos determinados para la trama.

Plaza transmite ese contexto como lo ve, y siente, Verónica, una joven adolescente que debe hacerse cargo de sus tres hermanos, dos hermanas y un hermano, mientras su madre (Ana Torrent), trabaja en su bar y llega tarde a casa todas las noches. La presencia de Torrent resulta muy significativa en tanto a lo que recuerda su figura como ‘niña’ del cine español en los años setenta, sobre todo en sus trabajos con Carlos Saura, quien se cuela, no sabemos si voluntariamente, en determinados momentos en las imágenes de Verónica. Así, Verónica se mueve en un mundo casi pesadillesco a pesar de su voluntad de ayudar a sus hermanos, de seguir hacia delante en su vida. Plaza muestra con gran sensibilidad esa vida íntima entre ellos así como todo aquello que envuelve a Verónica, atendiendo a detalles, miradas, momentos, que denotan los anhelos de una joven que, en el fondo, teme acerca de la vida que la espera en el futuro. No quiere crecer. Aunque, en el fondo, el presente no es demasiado alentador: las dos secuencias en las que Verónica mirada desde la terraza a su vecina, son tan sencillas como reveladoras y sugerentes al respecto, como lo es, a su vez ese momento en el que, tumbada en la cama, escucha la canción ‘Hechizo’ de Héroes del Silencio, cuya letra define el momento y las emociones de la joven.



Para cuando, después de jugar a la ouija, Verónica comienza a experimentar a su alrededor –y en su cuerpo- extraños fenómenos y apariciones que interpreta como agresivas, tanto para ella como para sus hermanos, la película ya ha planteado todo lo anterior, por lo que Plaza introduce el relato de terror de manera perfecta en una mirada hacia esa cotidianidad de Verónica, de tal modo que el espectador puede dudar sobre si aquello sucede o no dentro de la mente de la joven o, en verdad, lo que ve y experimenta son en realidad fenómenos fantásticos. En verdad, importa, o debería hacerlo, poco saber con concreción la naturaleza de los elementos fantásticos, lo realmente relevante es cómo llegan, los motivos, dado que, de una manera u otra, están conectados con Verónica. De hecho, las posibles interpretaciones conducen, en realidad, al mismo lugar. Plaza mira de cerca a los tropos de un fantástico muy particular, incluso al más juvenil, sin ningún tipo de pudor, sabedor de que en las imágenes de Verónica surgirán no pocas sensaciones de estar ante elementos muy reconocibles.

A este respecto, el director no ha buscado la originalidad ni dar una vuelta al género, sino partir de su construcción como base para desarrollar una mirada con hondura hacia un personaje realmente complejo, el de Verónica, a quien Escacena dota de gran personalidad gracias a una interpretación naturalista en la que destacan esas miradas al vacío en busca de una vida mejor o, incluso, de una total evasión de una realidad que la tiene atrapada y la impide ser lo que, en verdad, es: de ahí, por ejemplo, esa amenorrea que la aflige o la imposibilidad de poder salir con sus amigas o tantos otros elementos que deberían ser normales en su vida y no lo son. Su afición por Héroes de Silencio entrega en Verónica algo que podía parecer imposible: que canciones como ‘Hechizo’ u ‘Oración’ no sean mero ornamento musical ni contextualizador, sino plenamente narrativos y explicativos de los sentimientos de Verónica.



Plaza introduce lo fantástico y lo naturalista en unas imágenes de gran fisicidad que, a pesar de lo etéreo de las manifestaciones paranormales, éstas tienen una gran incisión en lo real, en el cuerpo y en la vida de Verónica, quien temerosa de que dañen a su familia acabará enfrentándose  a ellos. A partir de ahí, poco más se puede decir sobre una película que busca lo explícito y lo sugerente a partes iguales, que toma un riesgo enorme a la hora de jugar con el género fantástico, y que tiene la gran cualidad de ir creando capas de significado para que Verónica, al final, seá una película de una mayor complejidad de lo que se puede pensar a primera vista.

Pero, sobre todo, nos quedamos con la sensibilidad de Plaza a la hora de crear un personaje que se siente real, en su capacidad para mostrar la adolescencia y sus problemáticas de manera directa, sin ornamentos, así como a la infancia, logrando que los elementos terroríficos puedan inquietar –algunas secuencias resultan magníficas gracias al trabajo de puesta en escena de Plaza y a su trabajo espacial con la casa; y el juego con la presencia del padre ausente…- pero también emocionar con una joven que, simplemente, no puede más. En este sentido, mucho pueden aprender algunos cineastas españoles de cómo acercarse a la infancia y a la adolescencia sin miradas plúmbeas y amaneradas. Plaza, desde el género, desde la ficción y la narración, ha logrado en Verónica un retrato de gran complejidad. Y a la vez, una de las mejores películas españolas de lo que va de año.

Israel Paredes

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