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Crítica de 'The Florida Project', de Sean Baker

08/02/2018-Crítica Crítica de 'The Florida Project', de Sean Baker
El sexto largometraje de Sean BakerThe Florida Project, presenta dos partes que, a su vez, representan lo mejor y lo peor de un cineasta que se encuentra entre los creadores más interesantes dentro de lo que podría todavía considerar como cine independiente norteamericano. Al menos, en lo que a planteamiento visual se refiere. Su nueva película, que ha supuesto su definitivo salto, algo que ya inició con la anterior, y en muchos aspectos, superior Tangerine, estrenada en nuestro país en Netflix sin apenas resonancia. Con The Florida Project, sin embargo, Baker ha logrado una distribución normalizada y una atención que, posiblemente, quede circunscrita a la película en sí sin ánimo de ir más allá en el conjunto de su carrera, pero que quizá a su vez proporcione al cineasta la posibilidad de manejar en el futuro proyectos más ambiciosos.

The Florida Project se ubica en Orlando, en las afueras de la ciudad, en un espacio de circunvalación cercano a sus parques temáticos y turísticos. Un espacio marginal, tan imaginario en muchos aspectos como Disneyland, por ejemplo, algo que Baker se ocupa visualmente, sobre todo en su primera mitad, de ir mostrando para conformar un territorio cinematográfico muy particular que parece responder a sus propias reglas y leyes, alejado de esos destinos turísticos y del capital. Es verano y los niños que residen en los edificios de la zona se encuentran de vacaciones, entre ellos está la niña Moonee (Brooklyn Prince), quien vive con su joven madre, Halley (Bria Vinaite), y que pasa los días deambulando por el complejo residencial bajo la atenta mirada del encargado del edificio, Booby (Willem Dafoe). Los días pasan en una cierta ociosidad a la par que, por parte de Halley, en un intento de salir hacia delante para pagar alquiler, comida y demás necesidades básicas.

Una de las grandes virtudes de The Florida Project reside en cómo Baker va creando ese universo físico ayudado de la idiosincrasia de un espacio arquitectónico que parece replicar de alguna manera un mundo Disney en su superficie, no así en aquello que contiene. Baker se apoya en los colores de los edificios, en sus formas constructivas, para ir confiriendo a la película de un paisaje muy particular, con una personalidad definida a la vez que mostrando un cierto vacío, un abandono. También de una irrealidad insertada en lo real. El cineasta construye los planos a base de un trabajo panorámico de excelente fotografía para trabajar el contexto espacial, marcando las presencias físicas de esos lugares a la par que denotando el vacío que hay a su alrededor, como si cada lugar estuviese tan conectado internamente con el resto como alejado en el espacio. A la hora de acercarse a los personajes, cierra los planos, según avanza la película más, cuando se encuentran en interiores, pero también busca una geometrización muy precisa para introducirlos dentro del espacio y relacionarlo con él.



The Florida Project, en cuestiones visuales, puede verse como una continuación, de alguna manera, del trabajo con el formato digital de Tangerine, rodada con Iphone y después trabajada la imagen para conferir a la película de una estética muy particular e indagar en las posibilidades de ese dispositivo, no tanto como sustituto de la cámara tradicional como para mostrar qué puede llegar a hacerse con él, y de Starlet, que jugaba entre la imagen tradicional del indie y nuevas formas de aproximación digital a partir de él. En ese sentido, no se puede negar que Baker está elaborando un proyecto personal a un nivel exploratorio de la imagen. Otra cosa es que ese interés formal, que lo tiene y mucho, no acabe de estar bien relacionado con aquello que muestra en sus película y, sobre todo, con la manera de acercarse a los personajes, a las situaciones y a los discursos que desea transmitir.

Porque en The Florida Project, a mitad de su metraje, el director abandona en gran medida la mirada fabuladora de la primera parte, y que tiene en sus imágenes finales quizá el cierre más lógico a esas intenciones, optando por una narración mucho más convencional que conduce la historia hacia un tramo final en el que Baker demuestra su incapacidad para ir más allá de un planteamiento simple que arroja algunas lecciones alrededor de los personajes y su situación. Como sucedía en sus anteriores películas, lo anterior denota que Baker quizá no alcanza a las ambiciones que se propone; o bien que su mirada al mundo es, en realidad, mucho más reducida de lo que plantea, incapaz de resolver conflictos más allá de un posicionamiento, como en The Florida Project, algo ambiguo con respecto al personaje de Halley, por ejemplo, una joven a la que muestra al margen de la sociedad, casi como heroína de una marginalidad que parece haberla atrapado cuando, en realidad, su posición parece nacer de sus decisiones. A este respecto, Baker intenta mostrar una infancia que busca su lugar en el mundo, precisamente, en los contornos de un espacio cercano al no-lugar, a una provisionalidad vital que tiene en Booby una suerte de intermediario que busca poner orden y humanidad donde no la hay. Pero Baker, a diferencia de él, no puede poner orden en su historia, más interesando en lanzar esa diatriba moral final para que pensemos en quienes se encuentran en ciertos márgenes sociales, mediante una sensibilidad muy discutible en su posicionamiento y en la conformidad con la que justifica algunos comportamientos por el mero hecho de ser habitantes de una realidad conflictiva.



En cualquier caso, The Florida Project deja un interrogante a la hora pensar en el futuro de Baker, constatada su capacidad para el trabajo visual y la indagación en la imagen pero, por ahora, a nivel argumental y de fondo, demasiado centrado en dar voz a quienes no la tienen pero sin un acercamiento al nivel de sus propósitos.

Israel Paredes

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