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Crítica de 'T2: Trainspotting', de Danny Boyle

23/02/2017-Crítica Crítica de 'T2: Trainspotting', de Danny Boyle
Han pasado veinte años desde Trainspotting, tanto fuera como dentro de la pantalla, un dato relevante para entender T2: Trainspotting, dado que Danny Boyle en la dirección y John Hodge en el guion, adaptando libremente Porno, de Irvine Welsh, han llevado a cabo una secuela metaficcional en varios sentidos.

Dada la relevancia de la película de Boyle en los años noventa, pues, guste o no, en diferentes niveles, transcendió los límites de la pantalla para convertirse en un fenómeno generacional, era casi impensable lograr un impacto que se acercara a ella. Quizá apelar al tema nostálgico, tan en boga en la actualidad, y, en verdad, muchos han querido ver en T2: Trainspotting exactamente eso. Sin embargo, creemos que, en realidad, Boyle ha llevado a cabo la maniobra contraria con una película menos condescendiente de lo que parece, en realidad, bastante incómoda.

A lo largo de T2: Trainspotting las imágenes y las canciones de la primera entrega se intentan introducir en las imágenes de su secuela pero nunca lo consiguen. Y cuando lo hacen, aparecen en el trasfondo, como recuerdos visuales, casi icónicos, que, sin embargo, tan solo pueden manifestarse a modo de fantasmagorías tanto para el público como para los personajes, quienes deben enfrentarse a un pasado en el que están atrapados desde un punto de vista metaficcional, porque lo están dentro de la ficción pero también por aquello que siguen representando en el recuerdo de la primera película. Por eso cuando Stud  decide a poner por escrito dicho pasado, lo que hace es recrear momentos de Trainspotting (aunque, en verdad, estaba narrada por Renton). De ese modo, Boyle introduce un juego textual que, a su vez, deviene en diálogo entre ambas películas en busca de una conexión que no tiene nada de nostálgica, aunque sí un tono melancólico en determinados momentos, por el que los personajes, a pesar de las apariencias, siguen siendo los mismos desgraciados que entonces.



En un momento determinado, Sick Boy le dice a Renton que es un ‘turista de su juventud’, una de las mejores definiciones de la actual tendencia nostálgica a la que asistimos a diario. Renton, en su regreso a Escocia, intenta recuperar su lugar en el mundo debido a su fracaso personal durante las dos décadas en las que ha estado fuera. Boyle muestra a unos personajes por encima de los cuarenta que apenas han logrado avanzar demasiado a pesar del paso del tiempo. Sí ha cambiado, en gran medida, el contexto: el nihilismo de los noventa ha devenido en el cinismo actual, un cambio que es tanto consecuencia lo segundo como lo primero como una nueva forma de afrontar la realidad en la que el descrédito ante ella ha dado paso a ese posicionamiento cínico.



Boyle construye una película que busca su propia personalidad en sus imágenes, que posee las señas de identidad del director y tiene algunas soluciones visuales realmente magníficas, con los excesos bien medidos que en ocasiones acompañan a su cine pero, en este caso, junto a ese extraño tono melancólico que, a pesar de cierto final feliz, lo que viene a mostrar es la imposibilidad de repetir el pasado, o, mejor dicho, la inviabilidad y falta de necesidad de vivir anclados en él. Como los personajes de T2: Trainspotting que intentan volver a ser lo que fueron sin conseguir ser más que unas formas fantasmales que, al final, quedan ese bucle en forma de habitación que se alarga hacia el infinito.

Israel Paredes

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