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Crítica de 'Rey Arturo: La leyenda de Excalibur', de Guy Ritchie

10/08/2017-Crítica Crítica de 'Rey Arturo: La leyenda de Excalibur', de Guy Ritchie
Después de una película como Operación U.N.C.L.E., Guy Ritchie parecía, o bien haber tomado un nuevo rumbo en su carrera, o bien, simplemente, haberse ajustado, en el plano visual, a una película que requería otro tipo de acercamiento en sus imágenes. A tenor de Rey Arturo: La leyenda de Excalibur, todo parece indicar que se trató de lo segundo, algo, por otro lado, lógico, dado que en su nueva película Ritchie regresa a su estilo más definido en un acercamiento a la leyenda artúrica tan enloquecida y absurda como interesante en su superficie.

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur no solo expone las constantes del cine de Ritchie en cuanto a su estilo que, guste más o menos, es innegable la personalidad del mismo. Pero también expone algunos elementos sobre cierto cine comercial, en particular con aliento de gran producción y ambiciones de espectáculo total de cara a la taquilla (algo que, por otro lado, en Estados Unidos no ha encontrado muy buena respuesta), que presentan una total ruptura entre la imagen y el relato que propone. Aunque la película persigue narrar la construcción de Arturo (Charlie Hunnam) en rey y, por tanto, en la figura monárquica fundacional, no real, de un pasado legendario y heroico para los británicos, Ritchie lo pervierte al convertir a Arturo en un huérfano que crece en los bajos fondos de Londonium para, en su juventud, acabar regentando un burdel. Criado por prostitutas y, después, apoyado en su cruzada para llegar a un trono que le pertenece de manera legítima, este Arturo no solo difiere consustancialmente de la imagen tradicional, sino que plantea dos elementos, como poco, llamativos: su condición de proletariado, casi de chav, en la mejor tradición del cine de Ritchie, y, en segundo lugar, su casi total carencia de épica legendaria (que sí cinematográfica).


La película arranca con la lucha entre los hombres y los magos, encabezada por el rey Uther (Eric Bana), quien será traicionado por su hermano, Votrigen (Jude Law). En el último momento, Uther logrará salvar a su hijo pequeño, Arturo, quien llegará a Londonium, donde crecerá en las calles hasta que llega a la edad adulta convertido en una figura respetada y temida en las calles, mientras Vortigen sigue buscando al heredero de su hermano, dado que representa un enorme peligro para mantener su reinado del terror. Un día, Arturo logrará sacar la espada Excalibur, clavada en una piedra. A partir de ahí, el joven será protegido por un grupo de hombres y la maga (Astrid Bergès-Frisbey) para vencer a Vortigen y situar a Arturo en el trono.



Esta suerte de reinterpretación de la leyenda puede resultar molesta y seguramente no sea más que un intento por parte de Ritchie de fusionar su fascinación por una parte de la sociedad que apareció en sus primeras películas y que ahora traslada a unos contornos que, al menos por tradición, les son ajenos. Pero también como una más que arriesgada mirada, y reescritura, hacia una construcción nacional asentada, antes que en impolutos guerreros, en una pandilla de desheredados. Pensar en la inocencia de esta cuestión, sin duda alguna, es negar una evidencia.

Otra cosa diferente es que alrededor de esa idea Ritchie haya puesto en marcha un dispositivo visual sin pies ni cabezas, como la propia historia que cuenta, la cual al poco de comenzar resulta evidente que no le interesa tanto como llevar a cabo una película que, como decíamos más arriba, denota que las imágenes transitan en muchas ocasiones por derroteros diferentes, y ajenos, a lo que Rey Arturo: La leyenda de Excalibur prentende narrar. Secuencias llenas de épica cinematográfica, como todo el arranque, junto a montajes magníficos que nos ahorran ritos de paso o de iniciación, se dan la mano con otras que parecen realizadas con total desgana, creando un conjunto caótico y sin sentido, irritante en muchos momentos. En cierta manera, se tiene la sensación de que había, en verdad, un buen material para haber dado forma, aunque fuese otro dislate, a una película mucho más homogénea, pero, entonces, estaríamos hablando de otro tipo de producción. Porque Rey Arturo: La leyenda de Excalibur, a la larga, se acaba contentando con conducir al espectador hacia un final desganado en el enfrentamiento final, que se resuelve con premura, casi por necesidad, para finalmente cerrar la película con la ilusión de ser la primera pieza de una saga que, intuimos, nunca llegará. O sí, tal y como están las cosas, es posible. Pero desde luego, Ritchie en su última película ha hecho todo lo posible para ahogar cualquier atisbo de deseo de ver una segunda entrega.

Israel Paredes

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