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Crítica de 'Ready Player One', de Steven Spielberg

04/04/2018-Crítica Crítica de 'Ready Player One', de Steven Spielberg
Dentro de unas semanas, todo lo que genere a nivel de comentarios –entusiastas o no- Ready Player One será prácticamente olvidado cuando, por ejemplo, se estrene Vengadores. Infinity War; y eso que estamos ante una película que con sus (algunas) virtudes y (muchos) defectos, se erige como una producción que representan a la perfección algunas derivas actuales, tanto cinematográficas como fuera de ellas, a nivel social y de consumo cultural. Algo que hace de ella una obra de mayor relevancia que por aquello que, en realidad, representa en pantalla.


Adaptación de la famosa novela de Ernest Cline, quien se ocupa del guion junto a Zak Penn, la película de Steven Spielberg presenta algunas y lógicas variaciones con respecto al original literario, pero ha absorbido a su vez gran parte de sus defectos. El mundo retro-nostálgico que Cline crea en su obra toma forma visual en manos de Spielberg y, por ello mismo, resulta incluso más interesante: uno de los graves problemas de la novela residía en la incapacidad de conformar imágenes literarias realmente relevantes con aquellos elementos culturales que ponía en juego, deviniendo en inventario referencial antes que en construcción artística solvente. La película, a la hora de tener que poner todo ese universo escrito en pantalla, opta por un uso del digital tan impresionante en su impacto visual como meramente epatante con el que entrega, sobre todo en su arranque, algunas secuencias magníficas. Sin embargo, su desarrollo acaba resultando tedioso y abrumador hasta conducir a un final, o varios finales, que alargan la película innecesariamente. Spielberg intenta dotar a Ready Player One de un sentido de aventuras casi clásico, consiguiéndolo en gran medida, pero acaba resultando redundante en sus pocas ideas, las cuales son ahogadas en una hipervisualización acumulativa de elementos a los que no es capaz de desprender de la palabra: todo se explica y se comenta incesantemente, se busca dotar de sentido y de interés a lo que apenas lo tiene. La fascinación que produce al comienzo por sus imágenes, deriva hacia el exceso y su celebración.



Porque Ready Player One tiene algo de celebración –algunas imágenes lo indican de manera clara- de una forma cultural, o, mejor dicho, de su consumo indiscriminado. Al final de la película hay un cierto discurso sobre los límites entre lo real y el mundo digital que intenta crear una visión equitativa de disfrute que resulta tan poco inocente como algo burda, máxime cuando a lo largo de la película se ha intentado crear dos territorios cinematográficos diferenciados entre ambas esferas que, sin conseguir un desarrollo convincente a la larga, interesa en tanto a que las barreras se rompen en pantalla a pesar de quedar claro cuál es cual en particular. No obstante, con tal despliegue visual parece complicado poder conducir tal discurso hacia un final lógico. Realidad y virtualidad se enfrentan pero, en verdad, crean comunión de afectos y de sensibilidades muy bien dirigidas a un público específico para su pleno consumo y celebración.

El sentido retro-nostálgico complacerá a muchos e indignará a otros, muchos de ellos, en el fondo, tan nostálgicos como aquellos. Pero, en verdad, el problema de Ready Player One no se sustenta tanto en esa nostalgia como en el uso de esas referencias en un sentido festivo y complaciente. La recuperación de iconografía, música, personajes y el uso de la cultura pop de los ochenta, confluye en un universo cinematográfico que los usuarios consumen en Oasis para escapar de la realidad; y la película hace exactamente lo mismo: presentar todos esos elementos para goce de los espectadores convirtiendo la película en su propio Oasis.



Los personajes juegan solos en el mundo real e interactúan en el virtual, aunque al final los personajes principales acaben conociéndose en el mundo real para llevar a cabo una doble lucha en ambas esferas que conduce Ready Player One a un mayor barullo narrativo que termina por ahogar el interés suscitado. Hay intentos de mostrar esa individualidad asocial como un problema, con un final que pretende arrojar una respuesta contraria, o, al menos, mostrar la necesidad de interactuar más allá de las pantallas. Pero todo posee en el fondo, a pesar de ciertas intenciones finales, de un acercamiento acrítico y condescendiente, todo elemento situado para complacer al espectador. De nuevo, ese sentido de celebración, casi de evento cinematográfico que tiene mucho que ver con ese consumo nostálgico de nuestro presente, sea cual sea su naturaleza. En el caso de Ready Player One, las constantes alusiones a elementos culturales de todo tipo acaban resultando no tanto molestas como indiferentes. No se trata de un tema de simple nostalgia, sino del uso referencial como vehículo de consumo en un contexto de perfecto envoltorio visual en el que la imagen –y la constante palabra que la acompaña- deviene en magnífico conductor de una mirada hacia la virtualidad.



Ready Player One logra, quizá de manera indirecta y no pretendida, alzarse como gran representación de una realidad, la nuestra, en la que las esferas de lo real y lo virtual están tan cohesionadas que, aunque en apariencia resulta fácil discernir la diferencia entre ellas, en el fondo, los individuos comienzan a  manifestarse como si no las hubiera, a pesar de seguir con el latiguillo autocomplaciente de que lo que sucede fuera de la realidad, y sí en un espacio virtual, no influye en esta. En esto, la película de Spielberg resulta reveladora como ejemplo de nuestro presente, lástima que, como ficción, apenas sea poco más que esa celebración del consumo visual y, en cierta manera, a una pertenencia, casi grupal, a los elementos culturales puestos en las imágenes.

Israel Paredes

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