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Crítica de 'Personal Shopper', de Olivier Assayas

18/05/2017-Crítica Crítica de 'Personal Shopper', de Olivier Assayas
Llegados casi al final de Viaje a Sils Maria, el personaje interpretado por Kristen Stewart, desaparecía de la acción, quizá dentro de la lógica –marchándose-, quizá fuera de ella, tan solo evaporándose. Al final de Después de Mayo, una pantalla revela una figura del pasado que, convertida en imagen, se asemeja a un fantasma para el joven protagonista. En Las horas del día, el fantasma de la madre nunca se aparece, pero se presiente alrededor de la vida de unos hermanos que, en plena globalización, luchan por preservar un legado. Y así, el cine de Olivier Assayas, con todos sus cambios de registros y variaciones de unas películas a otras, siempre ha atendido a alguna forma de desaparición, a un diálogo entre pasado y presente, sobre la presencia de aquel en éste, a través de diversos aspectos, tanto argumentales como visuales, tanto históricos como culturales. Pero siempre desde una mirada que revela una realidad, la actual, volátil, inasible, fantasmagórica.

En Personal Shopper, Assayas quizá haya llevado hasta el extremo lo anterior a través de una de las mejores visiones de nuestra realidad, dicho esto no tanto por el tema tecnológico, que también, como por plantear a través de la película una mirada acerca de una identidad, la nuestra, voluble y fantasmal en lo real. Que haya elegido el género fantástico como coartada tanto argumental como fílmica –al menos desde cierto punto de vista- no es casual: crea un contraste, una dialéctica, entre la hiperrealidad de Margaret (Stewart) y su condición de médium que intenta contactar con su hermano gemelo, muerto unos meses atrás. El elemento fantástico de Personal Shopper acaba integrado en la narración de manera ‘natural’, como si no formase parte de un estadio diferente, esto es, como si fuese una realidad aparte, distinta. Al menos es parte de la realidad de Margaret, quien se encarga de comprar y gestionar la ropa de una modelo, Kyra, a pesar de que, como ella misma dice, y no se trata de una simple línea de diálogo, está hasta de perder el tiempo en ese trabajo. Margaret literalmente sustituye a otra persona, es ella y a su vez, apenas es alguien.



Mediada la película, Margaret comenzará a recibir mensajes en el móvil de alguien que la acosa pero que, en el fondo, lo que quiere, o pretende, es liberarla, conseguir, como lo hará, que quebrante lo prohibido. Ahí Assayas construye durante varias secuencias una suerte de thriller que terminará con un asesinato y, después, con el enfrentamiento, fuera de campo, de Margaret con ese ‘otro’ con el que habla por el teléfono. Curiosamente, Margaret se pasa la película hablando con seres abstractos, ingrávidos, ausentes. Durante toda esa parte, vemos a Margaret moverse como una autómata por París, en su viaje a Londres, mirando constantemente a la pantalla del teléfono. También, anteriormente, viendo videos. La relación de Margaret con las pantallas, no solo de su smartphone (que aparece como casi un apéndice más de Margaret, más que como una herramienta), también del ordenador, por ejemplo, introduce a Personal Shopper es una mirada incisiva sobre nuestra sociedad, apegada a una realidad digitalizada tan ajena a la real como parte integrada en ella. La tensión que crea Assayas no viene dada tanto por establecer una intriga sino a través de la transformación de Margaret, interpretada por una excelente Stewart. Si al comienzo parece turbada, pronto entrará en un juego de liberación, de, por fin, ser ella y no una sustituta.



Para ser una película sobre lo espectral, Personal Shopper resulta verdaderamente física gracias al trabajo de Assayas a la hora de introducir a Stewart en los espacios en los que se mueve. La relación que tiene con ellos, tanto exteriores como interiores, nos dicen más de ella que cualquier aclaración verbal que se hubiese hecho. Es su presencia física, no obstante, tan fantasmal como ese espectro que se aparece cuando intenta contactar con su hermano. En su búsqueda de acabar con un duelo y una pena que se alarga más de lo necesario, lo que conseguirá Margaret es liberarse finalmente de otro tipo de duelo, aquel que lleva a diario sobre sus espaldas, el de una vida que la tiene atrapada. Porque lo que ella espera, quizá, ya se ha manifestado sin que se dé cuenta, como demuestra esa brillante secuencia en la que, a sus espaldas, vemos una figura ¿humana? y, después, una copa levitando en el vacío hasta que cae.



Es posible que Personal Shopper resulte extraña en su más que libre mezcla de géneros –algo que Assayas lleva ya mucho tiempo haciendo-. Que se vea en ella un juego formal y genérico por encima de una película bien construida, sobre todo en elementos de guion. Pero la cuestión es que Personal Shopper pertenece a ese tipo de películas que no solo buscan una narración meramente visual, a pesar de no estar exenta de palabras, sino que persiguen que la imagen proyecte un sentido emocional, transmita las ideas. No es casual, nada suele serlo en el cine de Assayas, la mención a Hilma Af Klint, pintora pionera del arte abstracto, dado que las imágenes de Personal Shopper, en su aspecto liviano, casi líquido, aspiran a narrar, a tener significado propio. Como la utilización de la música de Anna von Hausswolff o, más en particular, de la canción Du hast die Seele mein, de Marlene Dietrich, cuyas resonancias cabareteras son perfectas para el momento en el que suena, mientras Margaret se viste con la ropa de Kyra, en un acto tan inocente como lleno de significancia, porque, en ese momento, no está poniéndose en el lugar de la otra, eso ya lo está haciendo durante su trabajo, sino en su propio lugar.

Porque Personal Shopper, al final, nos habla de una sociedad fantasmal, la nuestra, en la que somos figuras que deambulamos como espectros apegados a un sentido de lo real que, en verdad, no es más que algo falsario. Por eso, al final, la pregunta que cierra la película y el fundido en blanco, hacen que Margaret por fin haya conseguido la señal que tanto ansiaba. Y la respuesta que recibirá, que recibiremos, no puede ser más certera.

Israel Paredes

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