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Crítica de 'Moonlight', de Barry Jenkins

09/02/2017-Crítica Crítica de 'Moonlight', de Barry Jenkins
Juan (Mahershala Ali) conversa en la playa con Chiron (Alex Hibbert) y, entre otras cosas, le dice que llegado un momento en la vida tendrá que elegir quién quiere ser, que no puede dejar que otros lo hagan por él. En ese consejo se encuentra gran parte de la esencia de Moonlight, la magnífica segunda película de Barry Jenkins.

Moonlight se estructura en tres actos: I. Little, II. Chiron, III. Black., para abordar tres momentos precisos de la vida de Chiron (interpretado por Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes) ubicados en la infancia, la adolescencia y el comienzo de la edad adulta, respectivamente. En cada uno de ellos, Jenkins se asoma a un pasaje determinado de la vida de Chiron mostrando el paso del tiempo de un acto a otro, atendiendo al detalle, al instante, al gesto, para poner de relieve una transformación física, corporal, que deriva en la representación del interior del personaje, quien en cada momento asiste a un cierto rito de paso que ajusta Moonlight, en cierta manera, a esos relatos de iniciación, de coming age.



A partir de una subjetividad plena, dado que asistimos a los tres relatos a partir de la mirada de Chiron, Jenkins nos hace participes de su vida, de su enfrentamiento a su condición de negro homosexual de clase baja en Miami. Y lo hace sin caer en una mirada tremendista, rehuyendo en todo momento lo escabroso, incluso cuando la narración daba para ello, sobre todo en lo relacionado con la madre de Chiron (Naomi Harris). La delicadeza, el estilo y la excelencia de la puesta en escena de Jenkins, así como su más que medida construcción del guion, evidencia hasta qué punto el director ha buscado crear una película en perpetuo diálogo, tanto a través de su temática como en su forma, con varios modelos cinematográficos a los que, sin embargo, subvierte de tal manera que acaban diluyéndose en la película para entregar algo totalmente diferente. Incluso cuando no lo parece. Al igual que otras propuestas recientes como Manchester frente al mar, Loving o Certain Women, por ejemplo, encontramos en Moonlight tanto una mirada a ciertos tropos del cine independiente más estandarizado como, en verdad, y más importante, una mirada a un relato anclado en la tradición cinematográfica norteamericana que trasciende la anterior categoría.

Así, Jenkins ha elegido para la construcción de las imágenes por el cinemascope en digital. De hecho, el plano secuencia que abre la película y que parece indicar que optará por la cámara en mano y con el movimiento del plano, es una solución que aparece tan solo de manera puntual en una película que opta por un formalismo geométrico, incluso para las tomas en plano secuencia. Una estilización visual que presenta en su fotografía un impresionismo visual que, aunque posea un toque naturalista a su vez, rehúye en todo momento la posibilidad de poder hablar de ‘estilo documental’, porque Jenkins pretende constatar el carácter de ficción de la película para, así, paradójicamente, otorgar a los personajes de una mayor entidad y, por qué no, de realidad. Nos acercamos a Chirion y a su problemática de identidad de manera más abrupta y certera dado que Jenkins nos permite hacerlo. Nos guía, si se quiere, por mucho que, quizá, esto pueda considerarse manipulación por su parte. Que no lo es. Porque no nos dice cómo mirar, simplemente nos facilita nuestra situación como espectadores ante unas imágenes que revelan la lucha por dar forma a unos personajes y unas circunstancias que poseen un imaginario al que Jenkins da la vuelta.



No niega el preciso contexto en el que se desarrolla Moonlight, porque es necesario para ubicar a los personajes. Tampoco evita que éstos nos recuerden a una forma estereotipada de ver en pantalla a personajes negros, porque aunque con variaciones podríamos concebir la historia con personajes blancos, hay demasiados elementos que lo acaban impidiendo, y eso que Jenkins, con esa forma visual, busca precisamente esa sensación. Una manera de normalizar un relato a la par que mostrar su singularidad: la imposibilidad de concebirlo en otro contexto y con otros personajes.

Por eso acaba siendo tan importante aquello que vemos, como aquello que no se hace explícito. El juego elíptico de Jenkins resulta revelador y magnífico en los tres marcos espaciales que se nos niegan (los dos que preceden a los actos segundo y tercero y aquello que ha sucedido antes de que comience la película), porque nos obligan a reconstruir esas lagunas narrativas no mediante la especulación, sino a través de lo que estamos viendo, y, en particular, mediante las transformaciones corporales de los personajes, en especial de Chiron, cuyo físico –forma, movimientos, gestos, miradas…- revelan más que las palabras, más que los datos. Así, Jenkins crea un espacio fílmico para un relato que habla de temas, sobre todo el homosexual, poco frecuente en el cine con personajes negros, del mismo modo que, sobre todo en el tercer acto, derrumba cierta iconografía.



Lo anterior sirve a Jenkins para dar forma a una película de carácter exploratorio, tanto en la forma como el fondo, que habla de la identidad desde una perspectiva precisa y concisa pero que acaba, al final, conduciendo el relato hacia consideraciones mucho más generales sobre la identidad, sobre su búsqueda y su construcción –tanto en un plano real como en la ficción-, que convierten a Moonlight en algo más que una película sobre personajes negros. Y ahí reside gran parte de sus logros, en romper constructos, en mantener la concreción a la par que extenderla en busca un relato en el que, al final, lo que importa es la mirada humana que habita bajo una historia basada en las imágenes, en los cuerpos que las habitan y en la música –magnífica banda sonora de Nicholas Britell- que dan sentido a una narración tan sensorial y abstracta como profundamente física.

Israel Paredes

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