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Crítica de 'La seducción', de Sofia Coppola

17/08/2017-Crítica Crítica de 'La seducción', de Sofia Coppola
Aunque a primera vista se puede caer en relacionar la última película de Sofia Coppola, La seducción, con su ópera prima, Las vírgenes suicidas, nos resulta mucho más llamativo, por lo extraño que resulta, encontrar en su anterior obra, The Bling Ring, una estrecha relación que no tiene tanto que ver en cuestiones visuales y de puesta en escena (no pueden ser en este sentido más opuestas) como en su mirada para construir dos universos (también, evidentemente, distantes en todo) centrados en un grupo de mujeres que viven en, y ante, una realidad que conciben de una manera precisa y personal. Si bien en The Bling Ring suponía un proceso exterior hacia el interior, en La seducción todo acontece en una esfera privada, la casa en la que viven, ajenas a la Guerra de Secesión, cuya presencia escuchamos en todo momento como trasfondo mediante unas explosiones en la lejanía que crean, a la larga, una sonoridad cotidiana tanto para ellas como para el espectador.

Cuando una de las niñas encuentra en las inmediaciones de la institución al cabo de la Unión John McBurney (Colin Farrell) y éste es acogido, no con recelo, por la directora de la institución, Martha Farnsworth (Nicole Kidman), ese espacio cerrado, ajeno, se ve violentado, dado que la guerra –y lo masculino, si se quiere- se introduce en el interior de un espacio idílico, que se rige, o parece hacerlo, por unas normas propias, como en otro mundo lejos del ruido bélico. Adaptación de la novela de Thomas Culligan que, como es sabido, en 1971 fue adaptada por Don Siegel y protagonizada por Clint Eastwood en El seductor, la directora no ha tenido miedo de tomar del original su estructura pero, eso sí, reduciendo algunos elementos y contrayendo la dirección a una escasa, y más que aplaudible, hora y media de duración en la que apenas cabe nada accesorio. Mirando al american gothic en su construcción atmosférica, La seducción importa más, incluso en sus defectos, por aquello que plantea Coppola como mirada personal hacia la historia que por toda comparativa con la película de Siegel –que, incluso siendo una de sus obras menos afortunadas saldrá siempre ganando frente a Coppola- o todo tipo de referencia (sub)genérica.



Coppola se encarga de ir relacionando a los personajes con el entorno, para definir a cada una de ellas (algunas más que otras), e ir desarrollando una atmósfera que subyace bajo la afabilidad de aquello que muestran las imágenes. Con especial atención a la interacción entre Martha, Edwina Rice (Kirsten Dunst) y Alicia (Elle Fanning), cada una representante de una edad y de un carácter determinado, con el McBurney, Coppola despliega una narración desdoblada entre aquello evidente, lo que vemos, y aquello que queda fuera y que, al final, acabará exponiéndose de manera cruda y evidente. Con una cierta dosis de humor que recorre de manera transversal La seducción, Coppola realiza una película minimalista y concisa, con apenas música, más atenta al ambiente naturalista que rodea la casa, tanto en exterior como en interior, pero sin caer en un realismo puro: la cineasta, como decíamos al comienzo, se esmera en dar forma a una realidad idealizada por las mujeres que, finalmente, deben tomar una decisión basada en su supervivencia: al final, La seducción acaba siendo, en realidad, la historia de una lucha por preservar en un contexto bélico, violento, que amenaza constantemente la rutina y la afabilidad vital de unas mujeres que queda representando en esa imagen final en la que observan, desde el porche, el exterior y el cuerpo del hombre.



Con La seducción, Coppola ha realizado una película de gran precisión que, desde el comienzo, asume una forma menor, que parece alejarse, y lo hace en cierto sentido, de algunos elementos que habían dado forma a su cine anterior, pero que en el fondo, quizá menos que en la forma, conecta plenamente con su filmografía. Aunque en determinados aspectos La seducción parece confeccionada bajo una cierta seguridad en un estilo, y, por tanto, adoleciendo de cierta comodidad a la hora de construir las imágenes, lo cierto es que visualmente la película presenta un trabajo preciso en su elaboración para poner de relieve el orden de un mundo, el interior de la institución, que es asolado por un caos que evidencia, a su vez, la ambigüedad de los preceptos que la rigen, así como los comportamientos de cada una de las mujeres que la habitan. Con ello, Coppola, con ese humor negro al que hacíamos referencia, plantea una historia sombría de la que emerge una mirada hacia las miserias del ser humano en tiempos de conflicto. O fuera de él, dado que la institución, en su aspecto afable e impoluto, alejada de la guerra, finalmente, revela un interior mucho más oscuro que el que sus formas pueden hacer pensar. Algo presente a lo largo de la filmografía de Coppola, cuyas imágenes siempre ocultan una mirada cruda hacia unas realidades que someten a unos personajes que, por lo general, creen o creyeron que la realidad era aquello que habían creado en su interior. Y la revelación final siempre reside en el descubrimiento de una terquedad que se impone a pesar de los constructos, reales o no, que queramos crear a nuestro alrededor.

Israel Paredes

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