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Crítica de 'Elle', de Paul Verhoeven

28/09/2016-Crítica Crítica de 'Elle', de Paul Verhoeven
No hay nada como rodar en Francia y con Isabelle Huppert para ser considerado un ‘autor’. Con Paul Verhoeven lo hemos comprado desde su paso por el pasado Festival de Cannes con Elle, cuando el director holandés fue por fin encumbrado a esa categoría autoral imprescindible en la cinefilia para tener consideración. Si bien es cierto que gran parte de quienes están alabando su último trabajo también lo hicieron con sus anteriores películas, también lo es que a ellos se han unido un nutrido grupo que ahora revisa su obra en busca de esas notas de autor que creen una conveniente línea de cohesión entre su filmografía con el fin de, así, poder establecer un discurso y moverse por ella con más facilidad (y siguiendo en algunos casos intereses discursivos propios).

Lo cierto es que en 2006, con El libro negro, su anterior película y que supuso el regreso a Europa de Verhoeven, ya comenzó dicha reivindicación, en parte por la calidad de la película, en parte porque no hay tampoco nada como que un director europeo regrese a casa tras su paso por Estados Unidos, máxime cuando su anterior obra, El hombre sin sombra, había sido masacrada. Por supuesto, también están quienes entusiasmados ante Elle se preguntan cómo Verhoeven pudo llegar a dirigir películas como RobocopDesafío total o Instinto básico, en el peor de los casos denostando éstas en favor de la nueva, y, en el mejor, siguiendo lo anteriormente expuesto, revisando estos y otros títulos para encontrar que, en efecto, Verhoeven hablaba de cosas importantes porque era un autor, y no pensando que, como el propio cineasta ha explicado en varias ocasiones, el género era la única manera en un momento determinado de hablar de ciertos temas en Hollywood.



Todo lo anterior ha ocasionado, en nuestra opinión, que Elle, una buena película, esté teniendo un recibimiento crítico muy por encima de su resultado. No se trata de llevar la contraria a la opinión dominante al respecto, pero lo cierto es que la película de Verhoeven presenta, para empezar, una duración excesiva: su más de dos horas no tienen justificación alguna, sobre todo cuando, desde que en un momento determinado se revela un elemento de la trama por parte del personaje de Huppert, la película se introduce en una repetición de ideas y de actos que, salvando una leve confesión –y cuyo mayor desarrollo lamentamos que no suceda-, no hacen sino dar vueltas a una trama que hasta ese momento había expuesto sus mejores ideas. De hecho, merece la pena recuperar algunas películas de Verhoeven en las que el ritmo marcaba el desarrollo de la acción de una manera francamente mejor que en Elle.

Tras ser violada, Michelle decide no denunciar a su agresor, pero eso le permite, a su vez, sacar a la luz, más si cabe, su carácter dominante, por momentos déspota, nihilista y despectivo con respecto a los demás. Con ello, Verhoeven va mostrándonos a sus amigos, familiares, compañeros de trabajo, como un grupo hipócrita, tanto en conjunto como individualmente, creando un juego, tanto visual como verbal, con el que Elle se adentra por momentos en la comedia negra. Todo a su alrededor se muestra falsario e hipócrita, mientras Michelle intenta averiguar quién ha sido su agresor. La cuestión es que la exposición de todo lo anterior funciona bien, pero dentro de unos parámetros, y sentimos la herejía, de cierto cine francés en el que la hipocresía de la burguesía es expuesta con más benevolencia y condescendencia de la que parece a primera vista. No negaremos la mala leche de Verhoeven, ni su capacidad para generar sensaciones y atmósferas mediante la planificación visual, pero al final queda la conocida impresión de que se ataca a unas formas y unos comportamientos sociales pensado, quizá, en que el público que la verá pertenecerá en gran medida a esa esfera y, por tanto, que está bien hacerles ver sus miserias, pero con cierto benevolencia. Algo queda de lo expuesto, pero en ciertos momentos se tiene la sensación de que no llega del todo a hablar de nuestro momento, de nuestra realidad, como si todo ocurriese, en verdad, en un plano abstracto; o más bien, como si hablase de unos arquetipos sociales establecidos de manera tan cerrada y clara que su ataque se antoja verdaderamente sencillo. Casi paródico.



No obstante, lo anterior quizá no sea tan relevante en tanto que Verhoeven parece perseguir por encima de todo el llevar a cabo el trato de Michelle, personaje por el que transmite una clara fascinación producto, quizá, de esa ambivalencia en su construcción. No es un personaje con el que se pueda empatizar de manera fácil, pero tampoco al que se llegue a detestar del todo. En ese punto intermedio encontramos lo mejor de Elle, porque es donde Verhoeven se mueve con más incisión, conduciendo a Michelle por un juego narrativo de constantes cambios de tono, con virajes narrativos que buscan más que la sorpresa, crear un relato orgánico, sin un centro al que aferrarse, mutando constantemente. Por eso la pretendida sofisticación de la imagen y su calculada construcción visual, contrasta con ese nervio interno del guión, mostrando una rigidez formal excesiva. Del mismo modo, esa falta de centro que ayuda a avanzar la acción acaba derivando en un relato que, como decíamos, se alarga demasiado.

Y a pesar de todos los problemas que presenta Elle, cuyo dispositivo visual y narrativo es como su personaje,  tan fascinante como oscuro, no se le puede negar su fuerza en muchos momentos ni que Verhoeven haya dado forma a una buena película que hace del relato cinematográfico un juego continuo, rompiendo las expectativas, buscando nuevos derroteros, ampliando ideas y sensaciones. Un juego en el que la película acaba perdiéndose y con ella el espectador, pero quizá ahí resida gran parte de su fascinación. Pero también, de su debilidad.

Israel Paredes

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