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Crítica de 'El museo de las maravillas', de Todd Haynes

04/01/2018-Crítica Crítica de 'El museo de las maravillas', de Todd Haynes
El museo de las maravillas, de Todd Haynes, se basa en la novela de Brian Selznick, autor también de la obra juvenil que sirvió a Martin Scorsese para La invención de Hugo. Ambas películas comparte lógicos puntos de unión surgidos de Selznick, pero los procedimientos de adaptación a nivel visual varía sustancialmente entre una y otra, aunque ambas componen un díptico perfecto.

La nueva película de Haynes no esconde, como tampoco lo hacía la de Scorsese, su carácter de producción, de alguna manera, destinada a un público infantil/juvenil, lo cual no debe confundir al espectador: estamos ante una película de gran seriedad en su apuesta formal y narrativa susceptible de ser disfrutada por cualquier tipo de espectador; aunque, a su vez, tampoco pasa nada por realizar una película ‘familiar’ o ‘infantil’. Haynes, y Selznick en el guion, plantean una película de gran inteligencia y sensibilidad a la hora de acercarse a los dos personajes jóvenes, uno en 1977, la otra en 1927, quienes, en un momento dado acaban confluyendo. Así, El museo de las maravillas se alza como cine juvenil, reduciendo términos, por supuesto, pero inteligente y altamente creativa, algo que quizá operó en su contra cuando en el pasado Festival de Cannes fue recibida con enorme tibieza, algo que resulta más llamativo cuando es posible comparar, tras los diferentes estrenos en salas, aquellas películas aplaudidas entonces y otras, como la de Haynes, cuyo trabajo visual supera con creces a la mayoría de ellas.



La película nos sitúa en dos tiempos y, al final, en un mismo espacio, Nueva York. Por un lado, en 1977 y en Minnesota, el joven Ben (Oakes Fegley), quien ha perdido a su madre Elaine (Michelle Williams) y queda sordo tras un accidente, escapa a Nueva York en busca de su padre, a quien nunca ha conocido. Por otro lado, en 1927, Rose (Millicent Simmonds), sordomuda y con un padre muy protector, marcha a Nueva York a buscar a su madre, Lillian Mayhew (Julianne Moore), estrella del cine mudo, trasunto de Lillian Gish a modo referencial iconográfico. Las dos aventuras de los jóvenes acabarán teniendo, cada uno en su tiempo, un destino común que, finalmente, terminará uniéndolos.

Tras presentar a ambos personajes de manera clara y a partir de pinceladas muy directas, Haynes recrea el viaje de Ben y Rose mediante un montaje paralelo que ocupa gran parte de El museo de las maravillas y que se cuenta entre lo mejor que se ha podido ver en los últimos meses en cuanto a la maniobra de Haynes de narrar mediante imágenes y música sin diálogos durante una gran porción de metraje. El director norteamericano crea un dispositivo audiovisual absorbente y de gran sensibilidad en el que para cada parte, una en blanco y negro y la otra en color, retrotrae estilos visuales de cada época, tanto del silente como del cine de los setenta. Pero no lo hace a modo de pastiche, sino mediante una asimilación de sus tropos que Haynes modula a través de su más que precisa sensibilidad cinematográfica, con momentos de gran belleza y emoción mediante el trabajo visual. Como, por ejemplo, hiciese en Lejos del cielo, I’m not there o Carol, para Haynes, en el plano cinematográfico, lo interesante es retrotraer el pasado para integrarlo en el presente, hablar de lo pretérito desde una mirada presente pero manteniendo las constantes de entonces. Maniobra desde luego complicada pero que en manos de Haynes acaba poseyendo una hondura más sensorial que lógica: las idas y venidas en el tiempo, en ocasiones a partir de cortes bruscos de montaje, van creando un sentido sensorial apoyado en la música y en la imagen.



Por eso cuando Ben conoce al joven Jamie (Jaden Michael) y la acción se detiene y los diálogos se apoderan de la narración, El museo de las maravillas parece estancarse, perder dinamismo y, desde luego, no poseer la misma fuera que había tenido hasta ese momento. Nada en verdad importante, dado que tan solo se trata de un viraje narrativo que conduce la película hacia un bloque final en el que Haynes introduce, en un alarde de libertad creativa, un trabajo asentado en una maqueta y en figuras a modo de animación que recuerda algunos de sus trabajos más tempranos. Es posible que haya algo de manierismo final por parte de Haynes, pero no se puede negar que el conjunto presenta unas variaciones visuales llenas de ingenio en el trabajo cinematográfico que convierten El museo de las maravillas en una de producción arriesgada, imaginativa, que apuesta por un relato claramente infantil en muchos sentidos pero a partir de un riesgo formal que impresiona dentro del contexto de un encargo. Haynes podría haber optado por una realización más convencional, y sin embargo ha logrado llevar a cabo un trabajo que entronca de manera directa con su filmografía y con el que vuelve a mostrar su sensibilidad a la hora de acercarse a los personajes y a una historia que tiene un final tan hermoso como sencillo.



El museo de las maravillas se inscribe dentro de algunas propuestas de los últimos tiempos que contravienen modas y sensibilidades de escaparate personal, se aleja del cinismo imperante, y reivindica mediante la experiencia sensorial de la imagen y de la música el placer estético del cine así como de unas emociones simples y puras, en las que el autodescubrimiento y la capacidad para narrar y crear historias/ficciones se presenta para los personajes como una posibilidad en su búsqueda de su lugar en el mundo.

Israel Paredes

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