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Crítica de 'El gran showman', de Michael Gracey

28/12/2017-Crítica Crítica de 'El gran showman', de Michael Gracey
El gran showman en su superficie es una suerte de biopic sui generis de la figura de Phineas Taylor Barnum (Hugh Jackman), entre otras muchas cosas a lo largo de su vida, empresario circense que gracias a sus extravagancias y apuesta por lo insólito consiguió dar forma a lo que en su época se conoció como ‘el mayor espectáculo de la tierra’. Pero solo  lo es en la superficie. Porque la ópera prima de Michael Gracey, a partir del guion de Jenny Bicks y Bill Condon, toma su figura para realizar una película que no intenta, por mucho que algunos se hayan ocupado de atacarla por su falta de adecuación histórica, un recuento de su vida, ni de parte de ella, con aliento realista ni historiográfico. Han partido de unos trazos constitutivos básicos del personaje para realizar un musical desbordante y magnífico y hablar de los sueños y de su realización, de la ficción, en diferentes aspectos, como esfera posible para lo real y, finalmente, sobre ser uno mismo por encima de cualquier otra cuestión, discurso que acaba impregnando las imágenes de El gran showman.



El gran showman puede parecer una producción fuera de época, y en gran medida algo de ello tiene. Y algo así, además, la convierte en una película que, en muchas cuestiones, se presenta contracorriente del cine comercial actual. También porque tendrá que enfrentarse –ya lo está haciendo- a ese cinismo falsario que verá en ella una película ‘infantil’, mero espectáculo para fechas festivas con un discurso ‘simple’ y personaje ‘arquetípicos’, sin profundidad y poco perfilados. Algo que sucederá, al mismo tiempo que asistimos al aplauso generalizado de algunas producciones dentro del comercial en cuyo interior se rebusca (o inventa) contenido e ideas más para justificar gustos personales más que respondiendo a lo realmente se encuentra en las imágenes.

Una de las cuestiones afortunadas y felices de El gran showman es alejarse de las convenientes agendas ideológicas que se manejan en la actualidad, ocasionando con ello su no adecuación a discursos imperantes; por otro lado, tampoco absorbe ni se ve influenciada por ciertas sensibilidades presentes, cada vez más tendentes al histerismo, y apuesta por una emocionabilidad puramente cinematográfica en cuanto a su concepto de espectáculo que, por otro lado, desprende unas ideas y un discurso claro que no solo habla, quizá de forma involuntaria, de la falsedad presente con sus identidades prestadas y/o inventadas que asolan nuestro momento, también logrando que la propia forma visual de la película esté en perfecta consonancia con ese planteamiento. Porque se habla de espectáculo y la película es precisamente eso. Sin complejos ni mascaradas para poseer una pátina intelectualizada.



Porque El gran showman es (casi) una obra maestra, una de las mejores producciones de este año a pesar de la poca fe que, en general, parecíamos tener muchos hacia ella. De hecho, hasta mediada la película se espera que el genial planteamiento acabe sucumbiendo, dado que sus imágenes juegan en el límite de lo kitsch y de una concisión narrativa que se erige como uno de los mejores ejercicios narrativos vistos este año. Y sin embargo, mantiene el tono y el ritmo en todo momento, logrando que cada número musical sea parte integral de la narración y que cada pasaje dialogado o no, sea preciso. Nada sobra y todo se encuentra perfectamente calibrado para hacer avanzar una narración mucho más compleja de lo que a primera vista pueda dar a entender.

Una perfección narrativa en todos los sentidos a la que se une un sentido de la maravilla de lo cinematográfico que queda expuesta no solo en los brillantes números musicales, también en la concepción visual de una realidad reconstruida en la que se muestra en todo momentos su carácter de ficción, de cine, de imagen que reinventa lo real en pantalla para conformar un espacio tan reconocible como propio. Porque El gran showman habla de la ficción en varias esferas, de su valor y de su fuerza, de su necesidad, de su incisión en la realidad, pero también de tener claro dónde empieza y toda termina (y aquí no estaría de más tomar nota en un momento de creación de identidades públicas e hipocresía virtual). Así, la puesta en escena deviene en ampliación del discurso alrededor de unos personajes que deben encontrar su espacio en una realidad que los ha tratado, o bien como seres anómalos, o bien como, de alguna manera, desclasados. Todos buscan su lugar en el mundo y, en esa intersección, aparece una mirada humanista pura e inocente, si se quiere, pero que contrastan con discursos más ampulosos, y vacíos, que se acogen en estos días a base de una abrupta sensibilidad. A este respecto, la película de Gracey logra momentos de gran impacto emocional a través de la imagen y de la música, de la modulación tonal de la película. Una emoción pura, cinematográfica.



El gran showman es una magnífica fantasía musical con hechuras de gran cine y del espectáculo pocas veces visto en el cine comercial actual. En gran medida porque asume, en relación con su historia, su condición de ficción y de trampantojo de lo real, sin complejos, es más, haciendo de esa evidencia gran parte de su fuerza y de su potencia visual y narrativa. Su mayor atención a lo visual y lo sonoro como elementos narrativos para trasladar esas ideas que posee la historia que a la imposición de un punto de vista o de unas emociones que epaten fácilmente con los espectadores, hace de El gran showman una experiencia cinematográfica de primer orden en el cine actual.

Israel Paredes

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