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Crítica de 'Crudo', de Julia Ducournau

16/03/2017-Crítica Crítica de 'Crudo', de Julia Ducournau
En un momento de Crudo, ópera prima de Julia Ducournau, la joven Justine (una manífica Garance Marillier) baila frente al espejo después de haberse maquillado y puesto la ropa de su hermana mayor, Alexia (Ella Rumpf), mientras suena la canción de Orties, Plus Putes que toutes les Putes. El título y la letra de la canción, en combinación con los movimientos de Justine, quien se encuentra en ese momento en pleno descubrimiento de haber abandonado una etapa de su vida y, sobre todo, en el despertar de una conciencia sexual y acerca de su cuerpo, hacen del momento uno de los más perversos y subversivos de una película que, sin embargo, se ha vendido convenientemente en base a las agresivas escenas de violencia, de raigambre caníbal. Cuando, en verdad, la fuerza de la película reside en momentos como el citado, en el que el discurso de la directora, tanto argumental como visual, toma una forma que va más allá del supuesto gore.

Crudo posee una estructura compositiva muy clara: un relato de coming age de una joven vegetariana, como toda su familia, que llega a la escuela de veterinaria, donde también estudia su hermana, y que se tiene que enfrentar, en un primer lugar, a las descabelladas y estúpidas novatadas de los alumnos de cursos superiores. Después, y más importante, a su nuevo lugar en el mundo y buscar qué posición ocupa en él. Así, Crudo se inscribe sin demasiados problemas dentro de un relato de busca de identidad que tiene lugar tanto en el interior como en el cuerpo, tanto en lo individual como en lo social. Y lo hace, y en esto tampoco surge una gran novedad, en los contornos del cine de terror, aunque sea como contexto antes que como centro narrativo. La condición caníbal de Justine y de su hermana, que tiene una procedencia que no se debe desvelar, pero que sí supone un comentario irónico a su condición de vegetarianas, crea ese marco de género que Ducournau utiliza como excusa, más que para realizar una verdadera exploración del mismo, para poder ir elaborando una atmósfera y un tono que violente la esfera de lo real en la que se inscribe el relato de Crudo.



Ducournau lleva a cabo un trabajo formal que queda expuesto ya en su arranque, cuyo sentido comprendemos al final, mediante una fina y elegante elaboración del plano que contrasta en ocasiones con la crudeza de lo que contiene. Atenta tanto a un sentido minimalista, que sitúa a los cuerpos en el vacío del espacio de la escuela, el cual deviene en un marco espacial propio dentro de la realidad, como si nada más hubiese o, mejor dicho, como si nada más realmente existiese para ellos. A partir de ahí, la cineasta conduce a Justine en ese itinerario de descubrimiento personal mediante el cual va tomando conciencia de su cuerpo y de su sexualidad. Y lo hace mediante una puesta en escena de gran sentido sensorial, casi erótico en su planteamiento visual, para ir creando una relación entre el despertar sexual de Justine y sus ganas por comer carne… humana si es posible. Pero más allá de la fácil relación, lo anterior sirve a la directora para crear una mirada, no exenta de un humor negro que ayuda a rebajar la sordidez de algunas ideas, en la que el cuerpo, como en la llamada new french extremity, entre otros temas, aparece como centro de su narración, objeto y sujeto a la par que fondo y forma de las narraciones.



La directora logra en su debut crear un espacio etéreo, casi inexistente, vacío, en el que Justine va tomando conciencia de su corporeidad o, lo que es lo mismo, de su presencia en el mundo. Así, su identidad en constante pugna por lo que quiere ser y lo que, pretendidamente, quieren que sea, comienza a tomar forma en un momento que debe liberarse y dar un paso hacia el mundo adulto. Ducournau lleva a cabo en Crudo una total apuesta por el cuerpo, por el físico, en un momento en el que el cine parece, en algunas tendencias, buscar lo contrario; la cineasta, en cambio, crea un marco espacial para los personajes en los que tan solo su presencia, su carne, y el deseo, en todos los sentidos, tanto sexuales como de otros sentidos, toman relevancia. Así, la presencia en el mundo de Justine, como la de su hermana, tiene sentido, precisamente, por el estar, no tanto por el ser. Como, al final, descubrimos cuando se tenga que enfrentar a una realidad familiar que cierra una película que, a su vez, es mucho más que un simple relato de terror con elementos caníbales.

Israel Paredes

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