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Crítica de 'Asesinato en el Orient Express', de Kenneth Branagh

23/11/2017-Crítica Crítica de 'Asesinato en el Orient Express', de Kenneth Branagh
Agatha Christie publicó Asesinato en el Orient Express en 1934, inspirándose como punto d arranque en el secuestro del hijo de Charles Lindbergh en 1932 así como en su propia experiencia, años antes, al viajar en el Orient Express, intuyendo que podría ser un escenario magnífico para una trama criminal. Sidney Lumet llevó a cabo su adaptación en 1974 en la película homónima, creando un juego de espejos y de representación a partir de un acercamiento oscuro alrededor de la condición humana para, con gran sobriedad escénica, Lumet planteaba una narración sobre la fragilidad de la justicia. En su versión, Kenneth Branagh se ha alejado en la medida posible de este fuerte referente cinematográfico para llevar a cabo no tanto un remake como una nueva adaptación, no está de más recordarlo, introduciendo elementos ajenos al texto de Christie y entregar otro discurso bien diferente.

Branagh, a partir del guion de Michael Green, ha realizado una adaptación en la que desaparece la sobriedad, e incluso la oscuridad en cuanto a fotografía, por optar por una puesta en escena llena de movimiento y de ritmo enérgico. Por ejemplo, la serie de interrogatorios que estructura gran parte de la novela, así como la película de Lumet, en la nueva Asesinato en el Orient Express se traduce en montajes rápidos, en ocasiones, en cambios de escenarios para sacar la cámara fuera de los vagones, en breves conversaciones, pero que dotan a la dramaturgia de mayor flexibilidad. A Branagh no le interesa tanto el sistema procedual como base de la película, lo cual no deja de ser llamativo dado que es, más o menos, lo que el espectador puede esperarse de un whodunit. Está más interesado, en realidad, en la forma espectacular de las imágenes, en el impacto de los travelling y en la construcción de los planos para dar forma a una película que busca, en general, retrotraer, desde el digital, una forma de cine que por muchos motivos parece imposible de recuperar. Un sentido del espectáculo  pero desde una idea de cine de prestigio. Aunque el elenco de actores de esta nueva versión no tiene el impacto que aquel que protagonizaba la de 1974, se identifica un intento de recuperar una idea de cine que aunaba nuevas y viejas figuras como reclamo comercial. De hecho, Asesinato en el Oriente Express (versión Branagh) puede verse de alguna manera como un cine comercial destinado a un público diferente al que suele dirigirse las películas de grandes presupuestos, quizá para sacar rendimiento a un sector del público que más o menos sigue siendo asiduo de las salas.



Pero hay otra forma espectacular en Asesinato en el Orient Express, y que tiene gran influencia en el tipo de acercamiento a la novela. Se trata de la figura de Hercule Poirot (Branagh), personaje vehicular de la historia que, sin embargo, en la versión de Lumet, sin quedar en un segundo plano, aparecía más como un observador, como en la propia novela, mientras que en esta ocasión asume un protagonismo total. Sería fácil referirse del consabido ego de Branagh para hablar de esta decisión a partir de una idea asumida (y no carente de fundamento) sobre su cine, del mismo modo que ha habido quien ha querido ver en Asesinato en Orient Express una gravedad shakespiriana, porque, de nuevo, con Branagh de por medio se asume que algo de eso puede haber. Pero lo cierto es que a este respecto el acercamiento a la novela es esencial en tanto a que Christie se concentró en muchos pasajes en un humanismo alrededor de Poirot debido a su rechazo a proteger a Ratchett (Johnny Depp), víctima del asesinato. El no haber sido capaz de evitarlo corroe al personaje en la novela, algo que Branagh y Green no traducen exactamente en pantalla de ese modo, pero sí lo utilizan para que Poirot se convierta en el elemento vehicular de la historia en varios sentidos y que tenga, en la resolución final, una relevancia y presencia mayor. Es posible que esta decisión trastoque en gran medida el sentido coral de la historia y que se pierdan por el camino ideas y posibilidades interesantes que estaban presentes en el resto de personajes, quedando perfilados de manera muy rutinaria pero suficiente como para dejar claro qué representan dentro de la dramaturgia de la película.



Porque en esta nueva versión, a diferencia de Lumet e incluso de Christie, la idea de una maldad intrínseca en la humanidad –y que en la novela tiene no pocas relaciones con la situación en Europa a mediados de los años treinta, tanto por aquello que dejaba atrás como por aquello que estaba comenzando a manisfestarse- deriva en una cuestión sobre quién ejerce la justicia y cómo lo hace, que si bien puede verse de alguna manera como una permisión hacia la venganza, en realidad, esconde una mirada más que relativa a nuestra realidad sobre la duda y la pérdida de fe en cualquier precepto, como el de justicia y, por ende, sobre el bien y el mal. Poirot, a lo largo de la película, aparece representado como un hombre obsesionado por la rectitud, por la simetría, por la perfección, y sin embargo, al final, no puede por más que dudar sobre su propio papel. Y, por extensión, Branagh sitúa al personaje también sobre el cuestionamiento de aquello que representa como tal.

Al final, Asesinato en el Orient Express puede verse como un espectáculo por momentos desmesurado que persigue, incluso en la gravedad de su planteamiento, un tono desinhibido que poco a poco va ensombreciéndose, pero también como una nueva lectura que absorbe, voluntariamente o no, un sentimiento actual de incertidumbre y, en gran medida, de pesadumbre a través de un cuestionamiento sobre el bien y el mal en un contexto, como dice uno de los personajes, en el que la conciencia quedó enterrada tiempo atrás y las cuerpos vaciados de alma.

Israel Paredes

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