Cine japonés

Cine japonés

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Autor: Paul Duncan y Stuart Galbraith (eds.)

Editorial: Taschen

ISBN: 978-3-8228-3158-8

Existe una cierta tendencia entre el público en general, y entre los cinéfilos en particular, de hablar de cine asiático mezclando cinematografías, autores o películas de diferentes culturas. Pero en realidad poco o nada tienen en común las cinematografías de países como China, Corea o Japón.
 
De entrada, debemos reconocer que el cine japonés hasta hace unos años era una cinematografía completamente desconocida para los espectadores; conocemos el cine japonés de los films "oficiales", los cuales han pasado por festivales como Cannes, Berlín y Venecia, o han sido distinguidos con nominaciones o premios de como los Oscar. Sin duda, Akira Kurosawa ha sido el director referente fuera de sus fronteras mientras que Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi han sido más "carne" de filmotecas, Nikio Naruse tuvo un reconocimiento tardío a partir de la retrospectiva que se le dedicó  en el festival de San Sebastián hace algunas ediciones;  Nagisa Oshima y Shoei Imamura siempre se han situado en un segundo plano, y hoy en día domina el interés entre las nuevas generaciones por el anime y el terror de naturaleza sobrenatural.
 
Con la llegada de los formatos digitales todo el panorama ha cambiado; las distribuidoras han empezado la labor de recuperar lo antiguo y lo moderno, y con ello trazarnos un horizonte más amplio del cine japonés con el fin de entender su cultura y la idiosincrasia de una cinematografía tan alejada de la nuestra. Para comprender la historia del cine japonés es determinante familiarizarnos con una serie de acontecimientos: la guerra chino-japonesa; la Primera Guerra Mundial; el terremoto acaecido en 1923 (que comportaría la destrucción de parte de los estudios cinematográficos y la desaparición de una porción de su legado fílmico); la entrada del país nipón en la Segunda Guerra Mundial, cuyo punto final vino precedido por el lanzamiento de las bombas sobre Nagasaski e Hirosima; la reconstrucción del país; el "milagro" económico que le llevaron a convertirse en una de las principales potencias mundiales. En un principio la tradición, un legado de una cultura milenaria, con un carácter épico y trágico, son el reflejo de un rígido formalismo de las costumbres, de las gestualidades, de las reverencias, de los códigos de comunicación y los ritos, donde la sumisión a la autoridad y la jerarquía representa la columna vertebral de esta sociedad; la obediencia al patriarca, la mujer asexual queda siempre en un segundo rango; la cultura de las geishas, la herencia teatral del teatro Nö y Kabuki, y la literatura.
 
Toda esta extensa introducción tiene su razón de ser en función de enfrentarnos a una cinematografía que, como en tantos otros casos, deviene un reflejo de la propia sociedad. Cine japonés traza un recorrido por las diferentes géneros cinematográficos, dedicando capítulos a la comedia, los musicales, las películas románticas, las "películas de monstruos", los films de yakuzas, de samuráis, el anime, su historia en general. Asimismo, se evalúan las distintas generaciones de cineastas, tanto los clásicos como los modernos. Más que otras cinematografías se evidencia el contraste entre los inicios del cine mudo y su posterior tránsito al sonoro; no en vano, en los prolegómenos del siglo XX Japón todavía era una sociedad de estructura feudal, anclada en el pasado que comenzaba a modernizarse. En este periodo la herencia del teatro se hace patente en sus los primeros trabajos para el medio —que no deja de ser teatro filmado—; la necesidad de narrar ciertas tradiciones, creando un cine nacional, con géneros genuinamente nipones como las películas de samuráis —pobladas de héroes nobles, íntegros y valerosos—, los melodramas que alcanzaría grado de maestría de la mano de Ozu, Naruse y Mizoguchi. A partir de los años cuarenta se consolidaría un sistema de estudios, a imagen y semejanza de Hollywood.
 
Aunque resulte paradójico la derrota de la Segunda Guerra Mundial no fue el principio del fin sino todo lo contrario; una vez reconstruida la industria cinematográfica mostró la fuerza y el ímpetu que hasta entonces no había tenido, constituyendo la denominada "Edad de Oro del cine japonés". Al inicio de esta etapa de esplendor, Rashomon (1950) de Akira Kurosawa, abriría las puertas de esta nueva cinematografía casi desconocida en Occidente. La lista de grandes películas de los cincuenta sería larguísima: títulos como Cuentos de Tokio (1953), Cuentos de la luna pálida de agosto (1953) o Los siete samuráis (1954) obtuvieron reconocimiento a nivel de público y critica. En los sesenta se sustancian otros géneros, como el cine de terror y especialmente su variante de "monstruos gigantes" (con Godzilla asumiendo el papel "estelar") y cine de yakuzas. Sin embargo, con el paso de los años los nuevos espectadores demandan otro tipos de películas más explícitas en sus contenidos y que evidencian una notable influencia del manga.
 
De toda esta evolución de la cinematografía nipona se ocupa la presente monografía profusamente ilustrada (con reproducciones de pósters originales y fotogramas de los films más significativos). Taschen nos brinda la oportunidad de acercarnos a una obra sobre consagrada a un cine que deja a las claras que existe vida antes y después de Akira Kurosawa. Para tener una perspectiva global sobre la misma, esta propuesta editorial cumple con creces su función divulgadora y, al tiempo analítico, marcando los tiempos de la evolución de una cinematografía que en la actualidad se sitúa entre las más importantes del mundo, dejando al margen la estadounidense.
 
Jordi Busquí i Gil