Petit Indi

 

CRITICA

Imagen portada

Petit Indi

Lo + destacable de Petit Indi

LO MEJOR:

La forma de retratar un paisaje poco conocido del extrarradio barcelonés.

LO PEOR:

El uso de la música y el giro final.

En las afueras

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Lo + destacable de Petit Indi

LO MEJOR:

La forma de retratar un paisaje poco conocido del extrarradio barcelonés.

LO PEOR:

El uso de la música y el giro final.


Una de las imágenes más bellas de Días de agosto, la anterior película de Marc Recha, seguía con un preciso travelling el suave movimiento de un río. En aquel filme, Recha combinaba planos cargados de lirismo con distintos encuentros aparentemente casuales, pero marcados por el peso de la narración. Petit Indi se mueve también entre dos aguas: por un lado está de nuevo el río, en este caso el Besós, y el paisaje que lo rodea —la fábrica de cerveza Damm y las carreteras que se disponen a la salida de Barcelona, las tres chimeneas de la central térmica de Sant Adrià, el canódromo de la Meridiana o, aunque algo más alejado del círculo alrededor del Besós, la prisión de mujeres del Poble Nou—; por el otro está una historia que no se sabe si es o no es hasta el final de la película, cuando a golpe de guión aparece un objetivo en la trama y el fatalismo entra en escena.
 
De la misma manera, la película se mueve también entre dos tonos: el de una comedia de tintes indie-europeos, algo que se desprende, por ejemplo, de la música y de los títulos de crédito; y el de cierto gusto bressoniano, patente no sólo en el gesto hierático de su personaje principal, sino también en la propia concepción de la puesta en escena por parte del director. En una secuencia, el chico protagonista observa el desarrollo del concurso de canto de jilgueros al que se ha apuntado. Recha lo filma a la manera de Bresson, de forma fragmentada: primero los puños agarrándose a una valla, luego los pies, el rostro y también, por corte, sus pájaros. La austeridad de estos planos contrasta con el contrapunto folclórico que se ofrece al final del montaje: con unos capgrossos (figuras gigantes recurrentes en las fiestas populares catalanas) saludando a cámara, despidiéndose tras el concurso.
 
Petit Indi no esconde su honesta fijación por lo local e incluso se permite incluir los cameos de algunos rostros ilustres del cine catalán, como los productores Paco Poch y Lluís Miñarro o el director Agustí Villaronga. Recha sabe cómo retratar el extrarradio: sus espacios, pero también su tiempo. Describe con precisión la dinámica de las carreras de perros, la geografía —el río que separa la casa de la familia protagonista de la fábrica, las vistas a las torres, etc.— por la que se mueve, sin prisa alguna, el protagonista junto a su hermano. Sin embargo, la película no termina nunca de discurrir únicamente por este camino, sino que juega continuamente con otras formas, otros tonos, otras líneas posibles que no se terminan de concretar y que encuentran, en la recta final, un giro de guión —tan esperado como tremebundo— al que agarrarse. En esos momentos, Petit Indi ya ha perdido su faceta más orgánica para adentrarse en los corsés de la narración.

 
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