Luna caliente

 

CRITICA

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Luna caliente

Lo + destacable de Luna caliente

LO MEJOR:

Su lolita guarrindonga, y todo el sexo, sin excepción.

LO PEOR:

Querer hacer un discurso político-social entre tanto polvo.

En brazos de la mujer inmadura

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Lo + destacable de Luna caliente

LO MEJOR:

Su lolita guarrindonga, y todo el sexo, sin excepción.

LO PEOR:

Querer hacer un discurso político-social entre tanto polvo.


Nadie, y servidor en primer culpable lugar, le restará méritos al trabajo de Vicente Aranda descalificándolo como el producto de un onanista viejo verde. Ya sabemos que él es el primero que está orgulloso de esta noble condición, y que sus filias han sido siempre el libro de estilo de su filmografía promiscua. Como obra de un provecto ancianete voyeur cada vez más provocativo e incómodo para el cine nacional, Luna caliente no deja de ser un Aranda con todos sus pros y sus contras. Sí, acaso un Aranda menor, más descuidado formalmente y más descontrolado en su historia melodramática marrana de una lolita-caperucita y sus Humbert-Humbert lobos feroces (o no tanto ante las dentadas vaginas de su víctima-verdugo).

 

No es este aspecto el que me obliga a ponerle peros a la película, tan adorablemente chacinera como los softcores de Enrique Guevara (eso sí: sin tantos flous y limpieza de bajos) o como los semipornos de Juan Xiol. Lo frágil, y bastante risible (aquí podríamos detenernos en un grupillo de actores nacionales en sus momentos más trash, puede que deliberadamente basuriles, despreocupados, histriónicos y pasotas), reside en que el realizador parece avergonzarse de su condición de abuelete salido y salaz, llevando por vericuetos de parábola política (de andar por casa, por Casa Flora me refiero) un blandiporno con una jovencita que levanta pasiones (y otras cosas) y le encuentra el gusto al sexo no consentido (y retorcido). Más que política y metáfora de la Transición (aquí el caliente niño Vicente no tiene la coartada de Juan Marsé), la cinta asemeja más una paja culpable, y en el fondo reprimida, tardofranquista de Vicente Escrivá. Quedémonos, pues, con lo sexual, y sigamos apostando porque Aranda se deje de excusas: ya no le perdonan sus vicios como sí le hacen (de momento) a Bigas Luna.

 
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