Tiana y el sapo

 

CRITICA

Imagen portada

Tiana y el sapo

Lo + destacable de Tiana y el sapo

LO MEJOR:

Sus números musicales, y el tono cartoon de los secundarios.

LO PEOR:

Su moralina y azúcar disfrazados de modernidad social.

All that (animated) jazz

3

Lo + destacable de Tiana y el sapo

LO MEJOR:

Sus números musicales, y el tono cartoon de los secundarios.

LO PEOR:

Su moralina y azúcar disfrazados de modernidad social.


Retorno a la animación clásica bidimensional (aunque haya también ayuda computerizada en algunos pasajes, como en ese barco de vapor que cruza el río) de la compañía de Walt Disney, este enésimo cuento de hadas vale más por su relectura mimética y nostálgica del musical jazzístico que como remedo afroamericano (y demasiado bienpensante) de princesitas, sirenitas y otras heroínas de la casa. Su trama infantil mágica, moralizante (y políticamente correcta de acorde al oprahwinfreyismo, o al obamaísmo actual) no es ni nueva ni estimulante. Pero tampoco desdeñable: son tantos años viendo este modelo que incluso lo echaríamos de menos.

 

Vuelven a ganar por goleada los personajes secundarios, aquí tratados con un ritmo endiablado que nos retrotrae a los cortos de los años 30 y 40, y puede que asimismo deudores del frenesí de lo que Michael Maltese escribía para los animadores de la Warner (o Hannah-Barbera). Lástima que al final, más que el regreso a la época dorada princesil, de cuentos inmortales, el tono del film se aproxime peligrosamente al aspecto almibarado, recargado y ñoño de Don Bluth (dentro y fuera de la Disney). Sin embargo, como anunciaba al inicio de estas líneas, lo más estimulante de Tiana y el sapo late a ritmo de jazz en sus números musicales y en su espíritu cajún. Desde el Cabin in the sky de Vincente Minnelli hasta la Magnolia de George Sidney (o la que rodó James Whale en los treinta con Paul Robertson), pasando por los cortometrajes a mayor gloria de los artistas de color de esos años dorados en Nueva Orleans, la película destila inventiva y amor hacia el género en sus, también, años dorados. Igual no hacía falta besar a la rana para disfrutar de un espectáculo de encantadora realeza.

 
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