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Compositor: Gabriel Yared
Sello: Colosseum CST
En fechas próximas a la publicación en nuestro país de La elegancia del erizo (2007, Ed. Seix Barral) de la escritora revelación Muriel Barbery se presentaba en sociedad en el Sundance Film Festival The Visitor (2007). Para su traslación a la gran pantalla, la debutante Mona Achache debió tener presente este film de corte independiente con guión y dirección de Thomas McCarthy, ya que en ambos casos se habla en primer término de la soledad y del replanteamiento de una nueva forma de vida a partir de entrar en contacto el/los personaje(s) principale(s) con unos inmigrantes. Pese a tratarse de una producción norteamericana, The Visitor participa de ese concepto de cine arraigado en Europa en el que la cadencia, el ritmo deviene pausado, midiendo cada acción en función del estado anímico de los personajes. Por todo ello es interesante observar cómo las partituras de Jan A. P. Kaczmarek y Gabriel Yared (Beirut, 1949) presentan notables paralelismos en su concreción en el pentagrama, si bien con algunos matices.
Al igual que Kaczmarek, el compositor libanés ha obtenido un considerable crédito internacional a partir de su entrada en la cinematografía estadounidense y, en particular, a raíz de recibir sendos Oscar por sus trabajos Descubriendo Nunca Jamás (2004) y El paciente inglés (1996), respectivamente. Un tanto decepcionado al haber participado en propuestas que nada aportaban a su bien ganado prestigio como autor musical —1408 (2007)— y con la frustración de haber quedado sin efecto algunas de sus propuestas —la más sonada de las cuales fue el score rechazado de Troya (2004), que acabaría confeccionando a contrarreloj James Horner—, Yared sabe que en las distintas cinematografías que aglutina el viejo continente tiene el "refugio" adecuado para dar salida a su excepcional caudal creativo.
A sus sesenta años recién cumplidos, Gabriel Yared se muestra en un estado especialmente inspirado como firmante de una banda sonora, la de El erizo, que parece formar círculos concéntricos en relación al comentario musical de The Visitor; los violines y los celos se aplican en estos respectivos tratados sobre la soledad que transcurre, en buena parte, en el interior de inmuebles situados en auténticas megalópolis (París y Nueva York). El carácter minimalista se apropia de ambas composiciones pero sin perder, en el caso de Yared, un estilo característico para el que posiblemente sea uno de los melodistas más eficaces al tratar de reproducir en el pentagrama el sentimiento de melancolía, de abandono o desarraigo emocional. El violoncelo exprime hasta el último aliento este valor expresivo que incrimina a la naturaleza humana a través del personaje de Madame Michel (Josianne Balasko), una mujer de mediana edad que oficia de conserje del inmueble y oculta una sensibilidad y una inteligencia que tan sólo es mostrada a un reducido entorno del que forma parte Paloma Josse (Garance Le Guillermic), una niña de once años con tendencias suicidas. Un preámbulo musical que nos ayuda a introducir en la realidad de Madame Michel y que parece viajar hacia los confines de las composiciones deudoras de Ennio Morricone en su ascendente más próximo al patrimonio de Johannn Sebastian Bach.
Sin abandonar el tono minimalista, Gabriel Yared va desgranando ese mundo oculto que se desarrolla en la intimidad de los respectivos hogares de Michel y Paloma a través de un piano que extrae una riqueza de matices abrumadora a partir de unas mínimas notas. Pero de haberse mantenido este único desarrollo musical al piano con sus correspondientes variaciones, la partitura de El erizo quizás pecaría de estatismo. Conociendo la naturaleza compositiva de Yared, que nos suele deparar alguna que otra sorpresa, no extraña, pues, que algunos pasajes del score presenten una enmienda a la ruptura. De tal suerte, Yared habilita espacios en los que se muestran ecos de la obra de Thomas Newman —claramente perceptibles en el compacto en los cortes Dans 165 jours y Je n'ai pas peur, que se integrarían con facilidad en la banda sonora de, por ejemplo, El hombre que susurraba a los caballos (1998)—, se impregnen de aromas jazzísticos —Du sel dans clémentines y Absients toi—, se repliegue a la música clásica romántica —Bach Partita— o se aparte de las soluciones fáciles al conformar un tema sobre la base del vibráfono para el personaje del oriental, kakuro Ozu (Togo Igawa), catalizador de la historia en su parte central y final. Una obra, por tanto, de una riqueza musical innegable que sirve para reencontrarnos con el compositor de enjundia firmante de la partitura de El paciente inglés, de la cual parece transferirse un fragmento de su "embriagadora" delicadeza en el tema L'archetype de la concierge, pieza que sintetiza por sí sola una forma de concebir la música para cine con el fin de extraer del interior de los personajes un auténtico pozo de emociones y sentimientos que habían permanecido escondidos.
Christian Aguilera
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