Por fin viuda

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CRÍTICA

Por fin viuda

Por fin viuda

Lo + destacable de Por fin viuda

LO MEJOR: la protagonista, Michèle Laroque, que merecería mejores papeles.
LO PEOR: la descripción de los ambientes "populares", llenas de tópicos y clichés.

Los marineros las prefieren maduras

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El cine francés también puede ser vulgar, tosco, provinciano. Incluso hay toda una tradición que avala esa tendencia. Al lado de la sofisticación y el glamour que proviene de la Nouvelle Vague, de sus búsquedas expresivas y sus alardes formales, es como si la línea hereditaria que se retrotrae a Jean Renoir, a su vertiente más realista y extrovertida, se hubiera metamorfoseado en una panda de adictos a la caricatura fácil y el costumbrismo barato que, por si fuera poco, pretenden hacer alta comedia. Es el caso de realizadores como Francis Veber (La cena de los idiotas, Salir del armario), que ha creado escuela, de manera que podría decirse que Isabelle Mergault pretende acotar para sí misma la parte femenina y sensible de ese territorio, con maneras menos sutiles y elegantes que las utilizadas por Agnès Jaoui, por ejemplo.

Por fin viuda, en este sentido, no tiene desperdicio. Hay un marinero en tierra, al parecer todo un hombre pese a sus pocas luces y sus sueños de grandeza, que a su vez es el amante de una mujer madura, la esposa de un médico malhumorado y gruñón con el que no se lleva demasiado bien. A partir de ahí, la película despliega una panoplia de temas presuntamente reivindicativos sobre cuya evidencia y simpleza no pienso extenderme: la campechanía de las clases populares frente a la forzada rigidez de los ricos, la necesidad de que las mujeres se "realicen" sentimental y sexualmente aunque sea fuera de su hábitat social, el papel represor de la familia... La impronta más o menos progresista de estas propuestas puede provocar que cualquier disidencia —como esta crítica, sin ir más lejos— sea tildada de reaccionaria. Pero esa modernez que pretende rezumar Mergault empieza a soltar grandes dosis de tufo conservador cuando vemos sus formas rancias de vodevil, su nula inventiva visual o dramática, ese querernos dar gato por liebre que se detecta en cada plano, en cada gesto de los actores. No, Por fin viuda no nos habla de la liberación femenina, sino de su dependencia de unas formas de espectáculo añejas, desvencijadas, que pretenden decir cosas distintas cuando están colando los mismos goles de siempre: en este sentido, la película de Mergault podría formar un instructivo programa doble con Posdata: Te quiero, esa otra demostración irrefutable de que hay que reinventar el feminismo.

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