Funny Games

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CRÍTICA

Funny Games

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Lo + destacable de Funny Games

LO MEJOR: Naomi Watts, una auténtica especialista en poner su rostro al servicio de remakes americanos.
LO PEOR: la sensación de que no mejora ni difiere de su antecesora.

Horror de importación

****-

Michael Haneke se ha sumado a la retahíla de remakes americanos de exitosas películas de género. El cine asiático ha sido la principal fuente de ideas hasta la fecha, con las versiones estadounidense de Kairo de Kiyoshi Kurosawa, The Eye, Dark Water (realizada en su versión occidental por Walter Salles) o Hideo Nakata, quien con The Ring 2 se puso detrás de la cámara para adaptar su exitosa película nipona Ringu a las necesidades de Hollywood. Haneke sigue el camino recorrido por Nakata y repite, diez años más tarde, Funny Games, una controvertida película austriaca de violencia claustrofóbica, ahora en territorio norteamericano.

Haneke rehace la película plano a plano, a la manera de Gus Van Sant con el Psicosis de Hitchcock. Lo único que cambia son los actores y la localización —muy parecida a la original—. De hecho, una de las condiciones que puso Haneke para volver a rodar la película fue el fichaje de Naomi Watts (que ya tenía un papel en el remake de The Eye) para encarnar a la protagonista. Funny Games se adapta a la perfección al territorio americano. Los referentes permanecen a la vista, con Kubrick a la cabeza y reforzado con dos jóvenes vestidos de blanco impoluto que parecen salidos de La naranja mecánica. Los personajes siguen confrontándose: por un lado una familia rica que escucha música clásica y por el otro dos energúmenos de acciones tan violentas como arbitrarias que ponen metal a toda pastilla. El contenido sigue siendo el mismo, el juego perverso entrelazado con una cultura de la imagen (como demuestra la secuencia en la que uno de los dos asaltadores rebobina lo que ha sucedido en la propia película) y la televisión; algo que encaja perfectamente en la cultura americana, tal y como la ha querido entender Haneke. Todo permanece igual, sólo que ahora el mensaje se ve amplificado por los mecanismos propios de Hollywood.

Lo que queda claro es que el cine de género pasa forzosamente por la importación. Al pujante cine nipón o los productos del australiano Greg Mclean o el francés Alexandre Aja hay que sumarle ahora la controversia y la mordacidad del austriaco Michael Haneke.

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