Juegos de Xbox y visita a "La casa del terror".
Terminamos el repaso a los personajes de lo nuevo de Disney.
CINE365 VIDEOMAGAZINE
No te pierdas nuestro último programa.
Series de TV en formato DVD: La hora de la revolución
Por Hilario J.Rodríguez
Cultura popular La engañosa idea de que el cine parte de la secuenciación de veinticuatro fotogramas que se proyectan de manera sucesiva en un segundo puede invitarnos a creer que nos basta con hacer serializaciones de la misma imagen, a lo Andy Warhol, para producir con ellas movimiento. Pero lo cierto es que, además de tratarse de imágenes diferentes, ni siquiera las vemos a la vez. Nada de esto quiere decir que en el mundo del cine no se produzcan repeticiones. Tal como demostró Vladimir Propp en su estudio sobre el cuento ruso, existen invariantes formales y argumentales que dan forma a los géneros, a los movimientos, a épocas determinadas o a la obra de los artistas. ¿Cómo reconoceríamos el estilo de John Ford, por ejemplo, si entre sus películas no hubiese elementos comunes? El problema es que a veces lo que llamamos estilo se parece a ciertas constantes que se utilizan para manipular y controlar el gusto del público. Las series responden muy a menudo a los parámetros de la cultura popular, donde no importa repetir un esquema, porque sólo de ese modo se puede llegar a más gente. No importan la edad, el sexo o la nacionalidad de los espectadores, lo importante es captar la atención del mayor número posible de personas. De ahí el grado de despersonalización que suelen arrastrar. En algunas series, la religión, la política y cualquier atributo específico de una sociedad, a no ser la norteamericana, quedan fuera de la función; incluso los personajes obedecen unas reglas que los hacen rápidamente reconocibles, sin que importe demasiado su procedencia o extracción social.
Cine y televisión Una de las máximas del cine norteamericano actual es parecerse lo más posible a la pequeña pantalla. Su principal pretensión es robar a las series de mayor audiencia (como House, Sexo en Nueva York, Mujeres desesperadas, Smallville, A dos metros bajo tierra, Frasier, Ally McBeal, Urgencias o Héroes) su hegemonía a la hora de proporcionar una idea del mundo a los espectadores. Pero este fenómeno no es nuevo. Steven Spielberg, sin ir más lejos, nunca le dio la espalda a su herencia televisiva, quizás por eso casi siempre ha conectado fácilmente con el público mayoritario. Desde el comienzo de su carrera fue consciente de que la televisión tiene un tipo de continuidad de la que carece el séptimo arte. Una serie puede convertirse en una experiencia duradera porque a veces se extiende durante meses e incluso años. Se transforma en algo así como una rutina sobre la que la gente opina en casa, con sus familias, o en el trabajo. Y eso crea lazos colectivos muy estables. Además, deja una memoria imborrable. Buena parte de los cineastas que crecieron viendo series tan emblemáticas como La quinta dimensión, presentada por Rod Serling, luego dieron forma a un tipo de cine serial. George Lucas es el ejemplo perfecto. La saga que comenzó con La guerra de las galaxias (1977) no necesita comentarios. Tampoco es preciso hacer demasiado hincapié en la trilogía que dirigió Robert Zemeckis a partir de Regreso al futuro (1985). O en la serie que el propio Spielberg, con el apoyo de la Lucasfilm Ltd., lleva haciendo desde comienzos de los ochenta en torno a Indiana Jones (En busca del arca perdida, Indiana Jones y el templo maldito e Indiana Jones y la última cruzada).
El cine actual se asemeja a las series aunque parezca o pretenda no hacerlo. En sus inicios, sin embargo, bastantes directores no tenían tantos reparos para utilizar los esquemas de la literatura serial. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, las películas de episodios cobraron un enorme auge. Ya entonces había quienes las miraban de reojo, considerándolas, en el mejor de los casos, cine infantil, un poco como sucedía con las novelas rosa, que todo el mundo consideraba literatura para jovencitas. De ahí que apenas haya estudios sobre el cine de episodios y sobre las novelas rosa. La máxima que rige la cultura consiste en relegar a los niños y a las jovencitas a un papel insignificante. Por desgracia, con ello olvidamos las películas y los libros que conforman la primera visión del mundo que tenemos todos. De Louis Feuillade a Tony Soprano También olvidamos con ello las estrategias e invariantes que han ido dando forma a los diferentes géneros cinematográficos y literarios. Lo peor es que dejamos de lado a directores esenciales o les concedemos un papel secundario, cuando en realidad sus obras son magistrales, como ocurre con los seriales de Louis Feuillade, con los melodramas de Emilio Fernández o con algunas películas de Arturo Ripstein; y con las novelas de Samuel Richardson, Alejandro Dumas o Charles Dickens. Todos ellos, de un modo o de otro, sirvieron para dar forma a las series que hoy vemos con tanta avidez. Pero a quienes de verdad le debemos su solidez y buena parte de su encanto es a tres personas: Paddy Chayefsky, que cimentó la estructura dramática de las series desde los años cincuenta en adelante; Rod Serling, que añadió planteamientos éticos y filosóficos, además de poner de relieve las posibilidades de géneros como la ciencia ficción y el terror; y Roy Huggins, que acabó de cincelar personajes muy complejos en muchas series, a las que nunca les faltaban notas de humor.
No obstante, si hay alguien ahí que quiera entrar en profundidad en un mundo tan apasionante como el de las series televisivas, no debería dejar de leer "Prime Time: Las mejores series de TV americanas, desde CSI a Los Soprano" (Calamar Ediciones, 2005), un poderoso e inteligente libro de Concepción Carvajosa Virino. También se pueden consultar las siguientes páginas web, donde hay siempre jugosas entradas sobre las series de moda y sobre las mejores series del pasado: http://blogs.ya.com/todosobrelatele/ http://silvia-colominas.blogspot.com
Y aquí va una discutible lista de mis series favoritas:
Twin Peaks: ¿Quién mató a Laura Palmer? La verdad es que me da igual. Una vez te adentras en el extraño universo que crearon Mark Frost y David Lynch ya no hay vuelta atrás. Después de tantos años, y ya van más de quince, todavía sigo viendo episodios sueltos de vez en cuando y sigo sintiendo la misma electricidad del primer día.
El show de los Teleñecos: Todos fuimos niños en algún momento o nos sentamos con nuestros hijos frente al televisor para ver a la rana Gustavo y a todas las marionetas que ideó Jim Henson con el respeto que merece el público más pequeño, al que la serie enseñó a contar hasta diez, a desconfiar de los listillos y a imaginar amores imposibles con la cerdita Peggy.
En los límites de la realidad: Steven Spielberg intentó continuar con el espíritu de aquella serie cuando produjo Cuentos asombrosos, pero no era lo mismo. Rod Serling, está claro, no hay más que uno. Y esta serie sigue siendo –en mi opinión- el mejor laboratorio de ideas para cualquier director que quiera hacer cine en general (en menos de media hora se contaba una historia increíble, con personajes creíbles, con una profundidad inusual y con estructuras diáfanas o laberínticas que conseguían sorprendernos siempre).
Star Trek: Lo normal es creer que los trekkies (los fans de Star Trek) son unos freakys pero yo pienso todo lo contrario: quienes no han seguido esta saga galáctica alguna vez sí que son verdaderos freakys; ellos se lo pierden.
El prisionero: Fría, inteligente, angustiosa… Esta serie fue un ejemplo de lo que se puede hacer en términos de comentario político sobre la democracia, la libertad y el individualismo. Era un cruce entre Franz Kafka y las geometrías del primer Alain Resnais (digo esto y me quedo tan pancho, aunque también desafío a quien sea a que vea la serie y que luego hable conmigo).
El Lute: Bueno, aquí podemos no llegar a entendernos. ¿Hablamos de dos películas o de una mini serie sobre el famoso criminal que la justicia franquista no era capaz de apresar? Yo, desde luego, me quedo con la mini serie, que sigue pareciéndome una de las mejores que se han hecho nunca en España y que debería ayudarnos a recordar que su director, Vicente Aranda, fue –hace ya años- un magnífico profesional, tanto para la gran pantalla como para la pequeña.
Canción triste de Hill Street: Los policías ya no sólo se dedican a perseguir criminales o a aceptar sobornos, ahora se nos muestran con su perfil más humano, sin evitar sus zonas más oscuras pero sin tampoco convertirse en algo que íntimamente no son: superhéroes.
Monthy Python Flying Circus: De acuerdo, ésta hay que buscarla en amazon, ¿y qué? Si hoy ya todos hablamos inglés por los codos y si no intentamos imaginarnos de qué se ríen la gente en Gran Bretaña. Es fácil. Si quieres ver un poco de irreverencia mezclada con cinismo, autoparodia y algunas de las caras más picaronas de la televisión inglesa, con perdón de la BBC, no te la pierdas.
Dallas: Que sí, que no estoy de coña. A veces un culebrón de estas dimensiones puede darte muchas pistas sobre los culebrones que hay por tu propia casa o, mejor, en casa del vecino. Tíos ricos, malos, puñeteros, infidelidades, abortos, violaciones, golpes y, de cuando en cuando, algún actor que no sabe cómo sigue la cosa y tiene que mirar directamente a la cámara para que le den instrucciones. Inolvidable. ¿Quién no se acuerda todavía hoy de JR?
Los Simpson: Si no entrasen los Simpson, mi hijo me mata. Yo hace tiempo que me he aburrido de sus cosas pero de vez en cuando veo los nuevos episodios y comprendo que haya quienes los aplauden. Con una temporada uno tiene más que suficiente, y para los más glotones quizás sean necesarias algunas más. Nadie puede negar que son la leche.
Taquilla completa
Recibe cada semana toda la actualidad cinematográfica en tu correo
Aviso legal