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El cine de superhéroes: Género de pura sangre
Por Carles Torrens
Recuerdo a cierto crítico estadounidense que, a raíz del estreno americano de La mala educación, daba gracias por estar vivo durante la madurez creativa de Almodóvar. Si es cierto que no considero a dicha película entre las mejores del autor manchego, comparto la alegría del crítico por tener a nuestra disposición, y durante tiempo limitado (Almodóvar se hará viejo algún día), una serie de trabajos que pertenecen a un género personal tan trabajado que ha alcanzado la perfección.
También me viene a la memoria un artículo en el que un nostálgico Quentin Tarantino recalcaba con entusiasmo la ilusión con la que vivió los años 80, gracias al aluvión de obras maestras que brindó Brian De Palma al séptimo arte. Por aquel entonces, y mucho antes de dalias negras, hogueras de las vanidades, y misiones a Marte, el director de Nueva Jersey vivía una madurez creativa muy similar a la de Almodóvar actualmente, debido al perfeccionamiento de un sello cinematográfico propio que nadie ha sabido imitar.
El otro día, mientras revisaba mi película de Pixar favorita, Los increíbles, horas después de haber visto el tráiler de Watchmen, y esperando con impaciencia el estreno de El caballero oscuro, llegué a una conclusión rotunda. ¡Qué suerte he tenido de estar vivo durante la madurez creativa de las películas de superhéroes! En efecto, no creo que ninguna producción actual se cuide con tanto esmero como los films de dicho género. Ya no se trata de deslumbrar al personal con los efectos especiales más punteros, ni de rodar la escena de acción más larga, ni de tener a la heroína con las tetas más grandes. Ahora se compite por hilvanar la historia más rica, por crear a los personajes más matizados, y para ver quien es capaz de emocionar al público en mayor medida. Sí, amigos, he dicho emocionar al público. Y es que desde que se descubrieron los efectos digitales y el cine de autor de los 90, el espectador ha sido el último mono en la escala de prioridades de los estudios cinematográficos. Mientras que Stephen Norrington se preocupaba en llenar cada fotograma de Van Helsing con el mayor número de monstruos posibles, Peter Greenaway nos lanzaba diarrea mental a golpe de maleta de Tulse Luper, y los independientes americanos jugaban a referenciarse los unos a los otros, alguien se olvidó de que el cine está hecho para que la gente lo vaya a ver. Aunque suene a tópico redomado, es muy cierto que las películas de antes se hacían con el público en mente, ya que entretener al espectador no era pecado, sino prioridad. La gente iba al cine para llorar, reír, acojonarse, o agitarse políticamente, y no para asistir a una demostración de maestría digital orquestada por George Lucas, o para admirar el críptico intelecto del ganador del festival de turno. Por esta razón, agradezco el respeto inmenso que el cine de superhéroes actual le profesa al gran público, y la intensidad con la cual sus guiones nos remueven las tripas para hacernos sentir. Doy gracias a Sam Raimi por hacerme identificar con un Peter Parker de carne y hueso, y por construir una historia de amor que le da mil vueltas a la de cualquier película romántica (con beso del revés incluido).
Doy gracias a Paul Haggis, (autor sobrevalorado pero con mucho ojo para el cine de género) y a Martin Campbell por devolver a James Bond su dignidad y reavivar mis deseos de trabajar para la INTERPOL algún día. Doy gracias a Bryan Singer por denunciar la causa de los X-Men y convertirme en simpatizante radical de su partido político. Y doy gracias a Robert Downey, Jr. por exprimirse los sesos para convertir a un vendedor de armas misógino en un tío simpático y dicharachero. ¿Sobra decir lo agradecido que le estoy a Christopher Nolan por ser, simplemente, Christopher fucking Nolan?
En resumen, doy gracias a un género que trabaja duro para ofrecerme algo digno del precio de mi entrada. A veces funciona, como es el caso del primer Hulk, y a veces no tanto, como en Superman Returns, pero siempre se adivina la labor colosal que se ha llevado acabo tras cada aspecto de la película, sea guión, música, dirección, o trabajo actoral.
Un género llega a su madurez cuando establece una total confianza con su público, y puede permitirse el lujo de explorarse a sí mismo sin tener que demostrar nada.
Los años 40 y 50 tuvieron el film noir y el western, los 60, a los vanguardistas franceses, los 70, a los enfants terribles americanos, y nosotros, a Marvel y a DC. Así que vuelvo a proclamar, sin ningún tipo de vergüenza, la suerte que he tenido estar vivo durante la madurez creativa del cine de superhéroes. ¡Y que viva Dark Knight!
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