Max Payne

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CRÍTICA

Max Payne

Max Payne

Lo + destacable de Max Payne

LO MEJOR: el esfuerzo de Mark Wahlberg por no parecer muy despistado.
LO PEOR: no cuaja la fusión entre el thriller y el cine espectáculo.

Mejor darle al videojuego

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Autor: Borja Crespo
Ahora que la violencia en los videojuegos está haciendo correr ríos de tinta, no podemos obviar el ascenso imparable de este método infalible contra el tedio que arrasa entre los jóvenes… y no tan jóvenes. El ocio electrónico tontea con el primer puesto en el ranking de rey de la función en cuanto a entretenimiento, por delante de la música o la televisión. Únicamente el cine le hace algo de sombra, o le hacía, porque la diferencia en números entre ambas opciones para combatir el aburrimiento es ya difusa, sobre todo si se tiene en cuenta las ganancias por las ventas de las plataformas de juego.

Aún así, el negocio de los videojuegos tiene sus fisuras: su público potencial son los adolescentes, sobre todo hombres, y sólo uno de cada cinco lanzamientos es rentable. Además, cuatro de cada cinco jugadores abandonan el juego sin acabarlo y la piratería también está haciendo mella en los ingresos. En su deseo de afianzarse como primera industria del entretenimiento, deben encontrar más compradores. Para conseguirlo, es importante la unión con el enemigo. La fertilización cruzada entre los juegos electrónicos y el celuloide es ya un hecho más que palpable, desde que George Lucas explotase Star Wars sobre todo tipo de soportes. La retroalimentación comenzó años atrás, cualquier producción cinematográfica lanzada por todo lo alto va acompañada de su correspondiente juego electrónico. Cuando un videojuego basado en una película comercial con tirón asalta las tiendas, ya tiene la publicidad ganada y un apetitoso número de ventas garantizado, encabezado por los propios seguidores del filme. Pero ahora la situación se invierte y el cine también saca provecho de los videojuegos.

Las compañías de videojuegos no quieren perder la posibilidad de expandirse, mientras los estudios cinematográficos ven un filón interesante para sacar más jugo a sus títulos. Cine y videojuegos van juntos de la mano. Un matrimonio bien avenido que, al paso que va, puede desterrar al cómic de la moda de adaptaciones en Hollywood. Dos industrias que antes se cruzaban en momentos puntuales, ahora son inconcebibles separadas y confluyen en una relación simbiótica que nos recuerda que una película no tiene que limitarse al celuloide, también están los juegos, el merchandising, los tebeos...

Centrándonos en el salto del videojuego al cine, a propósito del estreno de Max Payne, el paso se antoja con un potencial más creativo, a primera vista, respecto al ejercicio contrario, pero hasta el momento no hemos podido disfrutar con ninguna propuesta redonda en las salas. Cuando un juego se basa en un título cinematográfico es difícil que pueda salirse del argumento, por lo que la imaginación queda algo mermada, con alguna excepción. Sin embargo, las versiones en imagen real de los videojuegos gozan de más margen de acción, como bien pudo comprobarse en la adaptación de Resident Evil, que no tenía mucho que ver con su premisa de partida, un hecho que no impidió que funcionase bien en la taquilla, aunque las críticas fuesen demoledoras. El término estética de videojuego se utiliza en el cine de un modo peyorativo, como también ocurre con el cómic, una manía que tendrá que cambiar con el tiempo.

¿Un videojuego que vende millones de copias y genera ventas millonarias puede ser un fiasco en taquilla? Puede, por supuesto, y aunque se salve de la quema atendiendo a sus cifras de recaudación, puede ser un soberano trastazo creativamente hablando. Es el caso de este Max Payne, otro videojuego superventas que se convierte en imagen real gracias a la magia del cine y los últimos avances tecnológicos. De atmósfera sombría y aire tétrico —por algo suena Marilyn Manson como banda sonora ya en el tráiler—, el mayor problema de este supuesto "thriller de acción con toques de cine fantástico" es su absoluta falta de personalidad. John Moore, director del filme, se ha limitado a coger de aquí y de allá para dar cuerpo a una cinta que naufraga al no decantarse del todo por un género en concreto y utilizar como seña de identidad el aspecto puramente visual de títulos de por sí fallidos como Constantine o El Cuervo.

La trama de Max Payne no interesa, no atrapa, y Mark Wahlberg no aguanta el peso de una propuesta donde la intriga se antoja excesivamente simplona. Moore ya dirigió el discutible remake de La profecía, en su filmografía nada brilla especialmente, con lo cual no es de extrañar que no haya afrontado con demasiada garra este proyecto que desaprovecha la posibilidad de adaptar uno de los juegos electrónicos en tercera persona más conocidos del mercado, uno de los primeros títulos que utilizaron el famoso bullet time, popularizado por la saga Matrix y sucedáneos. Directamente inspirado en los filmes de John Woo, este recurso consiste en que el videojuego —o la película— se pone en cámara lenta, de tal manera que el jugador/actor puede reaccionar en tiempo real ante los ataques de sus enemigos. Lo visual manda, está claro, pero tampoco ofrece nada nuevo en este salto a la gran pantalla mal orquestado.

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