Vampir-Cuadecuc

Añadir AÑADIR A "MIS PELÍCULAS"

CRÍTICA

Vampir-Cuadecuc

Vampir-Cuadecuc

Lo + destacable de Vampir-Cuadecuc

LO MEJOR: su poder de fascinación, su condición de película realmente vampírica y adictiva.
LO PEOR: el peligro de que el acontecimiento que supone su reposición pase inadvertido.

El vampiro infiltrado

*****

El inesperado éxito de El silencio antes de Bach, de Pere Portabella, ha provocado la reposición de dos de sus películas anteriores, pertenecientes a épocas muy distintas de su filmografía. Primero fue El puente de Varsovia (1990), que pasó sin pena ni gloria, y ahora es el turno de Vampir-Cuadecuc (1970), que merecería mejor suerte, entre otras cosas porque se trata de una obra maestra, un experimento atrevido e insólito que aún hoy conserva intactas su energía y su modernidad.

La producción de El conde Drácula, aquella extravagancia de serie B que Jesús Franco filmó en 1970, sirvió a Portabella de excusa para infiltrarse con un pequeño equipo en las entretelas del rodaje y ofrecer una sustanciosa reflexión sobre el mito, el género y el propio cine, visto aquí como un artefacto que construye sombras y ficciones a partir de una realidad que quizá no sea tan real. En efecto, utilizando el blanco y negro y prescindiendo de los diálogos, Portabella acerca su cámara a los planos filmados por Franco vistos desde otro ángulo, o al protagonista Christopher Lee atrapado en las pausas del rodaje, para dejar constancia de que toda película encierra muchas otras en sí misma, pero también de que el vampirismo es la esencia del cine, ese mecanismo consistente en hipnotizar al espectador en la oscuridad de una sala. Y es en este aspecto donde Vampir-Cuadecuc se erige en precedente de la otra gran película española sobre el tema, el Arrebato (1979) de Iván Zulueta.

Pero no se asusten, pues no es ésta una propuesta árida, sólo para iniciados, aunque exija espectadores atentos y despiertos. Se trata de un ensayo, casi un cuaderno de apuntes, que se ofrece a la audiencia en bruto, sin maquillaje, pero también de un relato de horror tan preciso y sugerente como aquel otro al que parece aludir su título indirectamente, el Vampyr (1930) de Carl Theodor Dreyer. E inscribiéndose en esa tradición, a la vez que estableciendo deleitosas conexiones con algunos contemporáneos suyos como Godard o Warhol, el siempre esquivo Portabella consigue su mejor película, una de las más hermosas joyas ocultas del cine español.