Los girasoles ciegos

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CRÍTICA

Los girasoles ciegos

Los girasoles ciegos

Lo + destacable de Los girasoles ciegos

LO MEJOR: que incite a (re)leer el libro.
LO PEOR: apenas emociona.

Derrotas

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Los girasoles ciegos, el libro, es una obra excepcional. Por sus circunstancias: único libro escrito por Alberto Méndez cuando ya contaba con 63 años, el autor murió poco después de su publicación sin apenas poder gozar del arrasador éxito de crítica y público en que se ha convertido esta recopilación de cuatro narraciones cortas. Pero sobre todo por su contenido. Méndez creó cuatro historias de derrota sobre la guerra civil y la posguerra en que, gracias a una escritura extremadamente sopesada y precisa, consigue conmovernos profundamente, como si fuera la primera vez que nos acercáramos a las hondas penurias provocadas por una guerra de la que a veces parece que ya nos lo han contado todo.

La tentación de llevar al cine un texto de este calibre debía ser inevitable. A ella sucumbió José Luis Cuerda, que contó en el trabajo de adaptación con la ayuda de Rafael Azcona, en su último trabajo también antes de fallecer. Desafortunadamente, el resultado no está a la altura. Los girasoles ciegos, la película, se conforma con ser una tibia adaptación de uno de los cuatro textos del libro, el que le da nombre, con elementos de otra de las historias relacionadas. Los responsables del film parecen olvidar que un relato no se construye sólo con aquello que se explica sino también con lo que se decide eludir. Así, la película rellena huecos innecesarios para el supuesto bien de la narración cinematográfica. Paradójicamente, el film resulta demasiado simple y evidente, despojado de la complejidad de su original literario y sin que las imágenes nos aporten nada nuevo más allá de la simple ilustración de un texto. El trabajo con los intérpretes también se queda cojo: Maribel Verdú ha demostrado en otras películas que podía dar mucho más de sí y Javier Cámara también parece estar por debajo de sus posibilidades. Pero es sobre todo Raúl Arévalo, que se enfrentaba al rol más complejo, el del joven diácono atormentado por el deseo, quien pone en evidencia cómo un personaje negativo pero de trasfondo trágico puede convertirse en una simple caricatura de la doble moral de los vencedores (curiosamente, los otros dos curas que no aparecen en el libro, esbozados con cuatro pincelados, resultan menos obvios). Y un elemento básico, el de los vencedores vencidos en el terreno ético, aquí queda desterrado por el trazo grueso. Así, si Los girasoles ciegos, el libro, nos hacía sentir vírgenes ante los infinitos matices del sentimiento de derrota, Los girasoles ciegos, la película, es uno de esos films que nos da la sensación que ya hemos visto demasiadas veces.