La conjura de El Escorial

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CRÍTICA

La conjura de El Escorial

La conjura de El Escorial

Lo + destacable de La conjura de El Escorial

LO MEJOR: el esfuerzo de producción, poco habitual por estos pagos.
LO PEOR: el olor a añejo de las imágenes, a pesar de la lograda ambientación.

Quiero, pero me cuesta

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Autor: Borja Crespo
Antonio del Real se ha convertido en la bestia parda del cine español. Arremete contra la Academia de Cine sin miramientos, de ella se autoexpulsó, y se queja, con razón, de que no aparece en su último diccionario de directores. Si no fuera porque su filmografía se antoja más bien torpe —recordemos la terrorífica Desde que amanece, apetece—, este cineasta enrabietado nos parecería un agitador necesario en nuestra cinematografía. Atención a su última jugada: para hacer una pedorreta a sus compañeros de profesión y engordar su ego, quizás buscando mejor reputación, se ha liado la manta a la cabeza, ha tirado la casa por la ventana (o por lo menos alguna hipoteca habrá caído irremediablemente), y ha afrontado, con los machos bien puestos, el rodaje nada fácil de un proyecto de época con un presupuesto de catorce millones de euros (o eso dicen). ¿Una fanfarronería? Probablemente, porque hay que reconocer el esfuerzo, pero si seguir la estela de Alastriste y Los Borgia para algunos es tirarse de entrada por un terraplén, hacerlo con discutible eficacia es un riesgo añadido que llama a la catástrofe.

Una catástrofe más inofensiva de lo que algunos quisieran para Del Real, pero igualmente presente, a escala media tirando a alta. Un plantel internacional, de esos imposibles que proliferan tanto últimamente en la cartelera, en dudoso beneficio del concepto, ya desviado, de coproducción, son el reclamo de La conjura de El Escorial, una propuesta que cuenta con un poderoso lastre: una historia de amor de parvulario, capaz de sacar los colores al más intenso. La intriga palaciega en la Corte de Felipe II no tiene el suficiente peso para que nos entretenga de tal manera que nos olvidemos de las carencias de un filme rodado con un manual de dirección rancio, que no atiende a la demanda del espectador de hoy en día: más bien se aleja de él.

Un proyecto demasiado ambicioso, un quiero y no puedo, o no me sale, que justifica el discurso de aquellos que se quejan, una y otra vez, de que por estos lares no sabemos rematar cierto tipo de cine. Quizás los enamorados del celuloide de aventuras de antaño disfruten igualmente con esta obra cuyo diseño de producción es loable. El alcanforado resultado viene por el trabajo tras la cámara. Tiene sus virtudes, una de ellas la de existir, contra viento y marea... y la Academia de Cine. Ahí hay que darle unas palmaditas en la espalda al señor Del Real, por salirse por la tangente y marcarse un órdago, aunque le haya salido el tiro por la culata. La gesta era harto complicada. Otra cosa es que nos preguntemos cómo consiguen el dinero para levantar estos proyectos tan grandilocuentes (y disparatados) este tipo de realizadores, negados por y para el oficio. No son una especie en extinción, mal que nos pese.