Cien clavos

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CRÍTICA

Cien clavos

Cien clavos

Lo + destacable de Cien clavos

LO MEJOR: la lectura que propone el filme.
LO PEOR: algunos cabos sueltos.

El eterno retorno

***--
Ermanno Olmi ha dicho, tras recibir el León de Oro en Venecia, que Cien clavos será su último filme, que volverá a sus propios orígenes para dedicarse de nuevo al género documental, "más puro y más esencial, despojado de reglas y artificios". Eso es, precisamente, lo que promulga el testamento de uno de los últimos grandes del cine italiano: un retorno a los orígenes, a la pureza, a la esencia del ser humano; una relectura de los valores de la fe.

Cien libros incunables han sido clavados en el suelo de la biblioteca más sagrada de la ciudad de Bolonia. Un joven y docto profesor, al cabo de la investigación, descifra inmediatamente el ávido crimen: nos hallamos, querido Watson, ante un atentado contra las doctrinas. El autor o autores poco importan. Mira las estanterías: ¡cuántas páginas amarillentas repletas de normas y dogmas! ¡Cuánta tinta desperdiciada! Fíjate en los enormes clavos metálicos que han perforado estas montañas de saber escrito, se asemejan tremendamente a los que sostenían a Cristo en la cruz. Esto no es un crimen, querido Watson, es un acto subversivo, una incitación a transgredir los códigos establecidos.

Y dicho y hecho. El eminente profesor, portador de una fastidiosa vida de ciudadano medio, corta en dos la tarjeta de crédito, deposita en la basura el teléfono móvil (instrumentos alienantes de un mundo alienante), y desemboca en una cabaña a orillas del río Po; 30 metros cuadrados, dos habitaciones, no amueblada, cocina y baño con vistas al bosque, adyacente a un hermoso pueblecito.

La tesis de Olmi es ésta: la trasgresión, si se hace, se hace hasta el fondo. El joven empieza a vestirse con túnica blanca, se deja crecer el pelo y la barba, anda descalzo. Se asemeja cada vez menos a un profesor y cada vez más a un célebre personaje histórico que vive en perfecta armonía con su entorno. Lo sorprendente de la historia es que también el entorno vive en armonía con él. El humilde extranjero se convierte en la superstar del pueblo, da vida a un ambiente mortificado y mortificante haciendo de la humildad una virtud.

El Jesucristo de Olmi tiene mucho de Rossellini, Pasolini y Scorsese, y poco de Cecil B. DeMille o de Mel Gibson. Es catalizador de la colectividad, portador de valores, ejemplo de humanidad, Primer Comunista de la Historia.

La narración, límpida y minimalista, se desarrolla a través de una brizna de hierba, del silbido del viento, de las gotas de agua que corren infatigables río abajo. Olmi se ocupa así de lo que siempre ha sabido ocuparse: de los Grandes Temas Morales que se esconden en las Pequeñas Cosas. La pureza y la pobreza se dan de la mano, como se desprendía de El árbol de los zuecos (1978).

Travelling lateral sobre un paisaje de ensueño, punto de inflexión: a escasos kilómetros del pueblo unas máquinas excavadoras acechan la paz de la naturaleza, dispuestas a apisonar el bucólico valle para construir una autopista. La Civilización está ahí, aguarda a que los seres humanos caigan en sus redes. Cien clavos se convierte en la historia de una lucha colectiva, de una resistencia contra las vejaciones del Progreso. Volvamos pues a los orígenes, a una subversión cometida en una biblioteca de Bolonia, para releer de nuevo los valores que imperan en nuestra sociedad y transgredirlos hasta el fondo.

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